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Tres bodas, dos países, un día
Viajar - 01 de septiembre de 2011
Escrito por Israel Benavides
 

11.45 a.m.- Jerusalén, Israel, territorio gobernado por el parlamento judío—¿Y no tiene gorras que digan “Israel” nada más? —pregunté, buscando entre las mesas del bazar—. Todas las que veo aquí dicen “Jerusalén”.

— Israel no existe —me respondió enseguida el vendedor—. Lo que existe es Palestina.
—¿Y no tienen gorras que digan Palestina? —traté de salir del aprieto.
—Aquí no. No lo permiten los israelíes porque ellos no reconocen el Estado Palestino. Tiene que ir a Belén en Cisjordania para poder comprarlas.
La Ciudad Vieja de Jerusalén es tan compacta que apenas al salir de la zona de seguridad del Muro de los Lamentos me había dado de narices con el barrio árabe. Estrujados dentro de las murallas, colindan cuatro barrios que no podían ser más desiguales: el judío, el árabe, el cristiano y el armenio. Las diferencias saltaban a la vista. Me bastaba salir de las paredes lisas y limpias de las calles judías para tropezar con el colorido del bazar oriental, donde una tienda de recuerdos hace cadena con la otra. En una de ellas yo había entrado buscando una gorra con mi nombre y terminé entablando una larga conversación con Ahmad, un musulmán vendedor de souvenirs que me ofrecía rebajas si le compraba en euros.
—Por qué en euros, si la moneda aquí es el shekel? —su propuesta había despertado mi curiosidad.
—Porque el shekel es la moneda de los israelíes —me explicó—. No quiero usar el dinero de quien nos discrimina y humilla. Prefiero el euro de los turistas europeos y luego importar mis mercancías al por mayor en esa moneda.
Recostado al mostrador, Ahmad me contó con abundantes gestos la historia de su familia, que por generaciones ha vivido allí contra viento y marea. En varias ocasiones estuvieron a punto de perder la tienda.
—No deberíamos estar aquí, pero aquí estamos —me recalcó con orgullo.
 
Y tenía razón. Desde el punto de vista geográfico y económico Jerusalén nunca debió haber sido fundada. No yace junto a un lago, mar o río. No domina una zona de agricultura fértil. Tampoco estaba, ni está, en la encrucijada de importantes rutas comerciales del mundo antiguo o moderno. Con apenas agua potable esa villa ya era capital 3 000 años atrás y es mencionada en las Crónicas de Amarna, cuando el discutido Faraón Akenatón y su bella esposa Nefertiti regían los destinos de Egipto. Surgida en medio de la nada a 800 metros sobre el nivel del mar, Jerusalén llegó para quedarse como lugar sagrado desde tiempos pretéritos.
En los escasos cuatro kilómetros cuadrados que ocupa la Ciudad Vieja se aprietan templos romanos, mezquitas, iglesias y sinagogas. Según la tradición, ningún otro lugar de este planeta fue tan visitado por dioses y profetas. En la Biblia, la Torá y el Corán aparece cientos de veces el nombre “Jerusalén”. Abraham, David, Salomón, Jesús y Mahoma debieron haber pisado sus calles. Aún hoy pulula allí un ejército de beatos de las más disímiles corrientes. Pared con pared viven ideologías distintas y filosofías opuestas. Si se quiere buscar un lugar para la diversidad religiosa del mundo, sin duda, este es ese punto de convergencia. Por eso aquí también son más agudos los conflictos.
Hasta 1967 Jerusalén era territorio bajo la jurisdicción jordana. Los musulmanes vivían de plácemes, pero los judíos no tenían acceso a su idolatrado Muro de los Lamentos. Luego de la Guerra de los Seis Días, se produjo la situación opuesta. Los judíos accedieron a sus lugares de culto, pero los musulmanes tuvieron que encarar grandes limitaciones.
 
—Mientras en el Barrio Judío el Estado israelí ha invertido cientos de millones, las escuelas del Barrio Árabe se caen a pedazos —se lamenta Ahmed—. Si ahora la ciudad es gobernada por los israelíes, ese Estado judío debería atender por igual a todos los que viven en su territorio.
—¿Entonces usted es árabe, musulmán y al mismo tiempo ciudadano israelí? —quise saber— ¿Después de la Guerra de los Seis Días le dieron a usted el pasaporte de Israel?
Ahmed hace un gesto de negativo y trata de explicarme con pocas palabras, algo bastante complicado.
—Cuando los israelíes ganaron la guerra, desalojaron y repatriaron a muchos palestinos. Otros no fueron directamente deportados, pero les crearon todas las condiciones para que se fueran y les redujeron toda perspectiva de vida próspera. Miles de casas palestinas fueron demolidas sin apenas indemnización y con ello arruinaron a muchas familias. A los tozudos como nosotros, que nos quisimos quedar por ser este nuestro terruño y un lugar tan sagrado, nos ofrecieron la ciudadanía israelí, pero a un precio impagable.
—¿Cuál?
—Nos exigían jurarle fidelidad al Estado judío. Es decir, siendo yo árabe y musulmán, debería jurar ante la Estrella de David, la Torá en hebreo y llevar un pasaporte con el candelabro judío en la portada. En otras palabras, me pedían renunciar a mi identidad islámica y adquirir los valores judíos, algo que por supuesto no hicimos cientos de miles de palestinos.
—¿Y cuál fue entonces el desenlace? —Yo estaba tan interesado en la conversación, que había olvidado los souvenirs por completo.
—Se nos permitió la residencia en el país pero sin los derechos de un ciudadano israelí. —Ahmed me enseña un documento que no puedo leer porque está en árabe y en hebreo.— No podemos votar ni ser electos para cargos públicos. Somos ciudadanos de segunda categoría que no tienen ni voz ni voto en la política local. Además han fomentado los asentamientos judíos en la parte oriental de Jerusalén para que esa zona no pueda ser convertida en capital de Palestina.
—Esas desavenencias fueron las que llevaron a la Segunda Intifada —pensé en voz alta—. ¿Usted estaba aquí cuando las protestas?
—Sí. Fueron días muy turbulentos —Ahmed se rasca la cabeza y pone el rostro muy serio—. Tuve que cerrar la tienda durante casi una semana, pues entre los unos y los otros me podían romper todo aquí. Algunos de los muros aún tienen impactos de bala. Al hijo de un vecino lo mataron los francotiradores israelíes cuando fue a protestar en una de esas revueltas. Yo fui al entierro, que también devino en protesta.
—¿Y no tuvo miedo de que bombardearan o pusieran una bomba en su casa, cuando se agudizó la Segunda Intifada? —yo seguía a la carga en mi interrogatorio—. ¿No intentó irse para otra parte?
—Todo lo contrario. No hay lugar más seguro en el mundo que este rincón de Jerusalén. Es el lugar sagrado de todos. A menos de 20 metrosde aquí está el Muro de los Lamentos de los judíos y junto a él, el Domo Sobre la Roca de nosotros los islámicos. Es decir, que ninguno de los dos bandos se atreve a usar explosivos en este sitio. Además mi familia vive en esta calle por generaciones. Aquí nací y aquí me muero.
—Con todo, en la Ciudad Vieja han puesto bombas en los mercados.
—Sí, pero han sido atentados de los fundamentalistas islámicos para desatar el caos. Fíjese que ha sido lejos de los lugares sagrados. Por eso ahora para entrar a la zona del Muro de los Lamentos hay que pasar los controles de seguridad y las visitas al Domo Sobre la Roca están muy limitadas.
 
Yo ya había vivido esa restricción en carne propia, pues ese día no pude entrar a ver el Domo. Las consecuencias de la Segunda Intifada aún eran palpables diez años más tarde. El mismo Rabino de Jerusalén les tenía prohibido a los judíos el visitar la Explanada de las Mezquitas y por su parte los musulmanes redujeron el acceso de forma tal que solo pueden entrar varones islámicos para realizar sus ritos durante dos o tres horas por la mañana.
—¿Usted ha podido entrar al Domo? —le pregunté—. Siendo usted musulmán le debe ser muy fácil.
—Voy a veces, pero nunca durante el Ramadán y otras fiestas importantes. Es demasiado el público que viene y yo tengo que atender mi tienda. Prefiero ir cuando hay más calma. Esta es una ciudad muy vieja que no está preparada para esas grandes concentraciones y mucho menos para tres religiones al mismo tiempo.
—Quizás esas tres religiones sean mucho más parecidas entre ellas de lo que parecen a primera vista —le comenté—. Por ejemplo, las tres coinciden en que Abraham estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac. Además el islamismo reconoce a Jesús como uno de los profetas. Puede que Alá y Dios no sean tan diferentes
—Nadie sabe —admitió mi interlocutor árabe—. Como nuestra religión es la más nueva de las tres, reconocemos cosas de las otras dos anteriores y, por ejemplo, compartimos con los judíos el viernes como día feriado de la semana. Pero los israelíes, quizás por ser la religión más vieja, no reconocen ni a Cristo ni a Mahoma. Ellos siguen aún esperando que venga el Mesías y mientras tanto no cesan las hostilidades. Este conflicto nunca termina.
—¿No cree usted que pueda un día lograrse la paz? —esa era la pregunta que más me interesaba.
—Me parece imposible. ¿Cómo sanar tantas heridas? ¿Cómo consolar tantos lutos? La paz no le va a devolver su hijo a mi vecino. Los judíos no reconocen a Palestina como Estado y los islamistas de Hamás no reconocen el Estado de Israel. Sobre esa base no se puede negociar. Pero, sobre todo, ¿cómo van a repartirse a Jerusalén si el Domo musulmán está en el lugar donde estaba antes el Templo de Salomón y las casas del barrio árabe están encima del puente junto al Muro de los Lamentos? La única forma de reconstruir el Templo de Salomón, el sueño los judíos ortodoxos, es destruyendo el Domo Sobre la Roca, algo que solo se puede hacer a costa de una guerra mundial con el mundo islámico. Son dos pueblos para un solo territorio. Uno sobra. Como ninguno quiere irse, siempre habrá lucha.

Continuará...