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Ombligo del mundo
Viajar - 01 de agosto de 2011
Escrito por Israel Benavides
 
Estoy parado en el lugar exacto que marca el ombligo del mundo. Ni un centímetro más ni un centímetro menos. Por aquí deberían pasar el Meridiano Cero y el Paralelo Cero. Si todo hubiera seguido como estaba, otras fueran las coordenadas del globo terráqueo. A partir de aquí partirían los usos horarios y por aquí también cruzaría la Línea Internacional de la Fecha. Alrededor de este punto bajo mis pies debería rotar todo el universo. Y pensar que todo se echó a perder porque un tal Cristóbal Colón se empeñó en afirmar que la tierra era redonda y para terminar de armar el gran desorden, descubrió las Américas de casualidad. Muchos siglos antes de que Copérnico y Galileo empezaran a escrutar las estrellas, cuando los papas decidían sobre la vida y obra de todos los mortales en Europa y el mundo era plano como un plato, el centro del mundo quedaba aquí en Jerusalén. Entonces Marco Polo aún no había ido a China y el País del Dragón todavía no se consideraba parte de este planeta. Hacia el este las crónicas llegaban hasta India, por el oeste hasta Portugal y las Islas Canarias, hacia el sur al África negra y por el norte a Escandinavia y Rusia. Entonces el Ombligo del Mundo era esta Iglesia del Sagrado Sepulcro aquí en Jerusalén y más exactamente en la sala en cuyo centro se encuentra este pequeño pedestal donde me he subido. Como durante muchos siglos se pensó que el sol y demás astros giraban alrededor de la Tierra, pues entonces el eje de rotación de todo el universo quedaba en esta sala en que me encuentro ahora.
Sin embargo la gente no acude ya a esta iglesia por motivos geográficos. El Ombligo del Mundo, aunque pintoresco, ha perdido su hechizo en tiempos de la cosmonáutica y los mapas de Google. Los visitantes llegan al Sagrado Sepulcro para encontrarse con la tumba del personaje más importante de la cristiandad: Jesús Cristo.
 
Las estaciones
Lo ideal es llegar aquí después de haber recorrido una por una las estaciones de la Via Crucis o Via Dolorosa (en latín), que marcan el Camino de Jesús cuando fue condenado a muerte y tuvo que salir con su cruz a cuestas por las calles de Jerusalén desde el Preatorium de Pilatos hasta la Gólgota, donde fue crucificado. Como la Biblia no describe con exactitud el lugar y número de estaciones, estas fueron definidas por la Iglesia cientos de años más tarde hasta llegar al número de 14, como era en el itinerario de los monjes franciscanos en el siglo XIV. En fecha reciente, bajo el auspicio del papa Juan Pablo II, se creó un nuevo Vía Crucis con 15 estaciones basadas en el Nuevo Testamento. Otras iglesias han organizado diferentes itinerarios. Los bizantinos en el miércoles Santo empezaban su peregrinaje desde el Monte de los Olivos, mientras otros peregrinos cruzaban por el sur de la Ciudad Vieja.
Merodeando por aquellas callejuelas, me tropecé con representantes de las más diversas iglesias. Ningún otro lugar en este planeta como la Ciudad Vieja de Jerusalén para comprender la diversidad de creencias que existe en el mundo, tanto entre las tres grandes religiones monoteístas; cristiana, judía y musulmana, como dentro del propio cristianismo. En aquel laberinto de pasadizos pude constatar que la iglesia católica apostólica y romana, omnipresente en Europa y América Latina, aquí apenas es perceptible. Predominan los ortodoxos griegos y los armenios, seguido de un nutrido grupo que incluye a los coptos egipcios, los cristianos etíopes, los ortodoxos rusos y, por supuesto, los protestantes y los evangélicos. Por eso no es de extrañar que cada cual interprete el Vía Crucis a su manera.
En tanto los teólogos se ponen de acuerdo, las estaciones han sido marcadas con chapas de bronce en las paredes a lo largo del Vía Crucis, con excepción de las últimas cinco estaciones, que se encuentran dentro de la propia Iglesia del Sagrado Sepulcro. Claro está que el trazado de las calles de una ciudad tan batallada como Jerusalén ha cambiado varias veces a lo largo de tres milenios. Cada vez que un nuevo soberano tomaba la villa, echaba por tierra los edificios existentes, en el sentido literal de la palabra, y construía sus nuevos predios sobre las ruinas. En total se han acumulado 14 capas de sedimentos constructivos. No son pocas las piedras que han cambiado de edificación en el transcurso de su historia. Por eso las distintas estaciones que vimos por el camino indican apenas un lugar aproximado de los hechos que narra el evangelio de Lucas en el Nuevo Testamento. Me sorprendió que en muchas de esas callejuelas de la Vía Dolorosa hoy imperen bazares árabes que muy poco tienen que ver con la vida y muerte del Mesías cristiano.
Al pasar por la Estación IX abandonamos la calle y entramos a la Iglesia del Sagrado Sepulcro por el techo, pues se ha ido enterrando entre tantas capas de escombros. Primero pasamos por la humilde capilla de los monjes etíopes, que pide a gritos una renovación urgente, pero aquí ocurre lo mismo que en la Iglesia de la Natividad: como las organizaciones eclesiásticas que comparten habitaciones dentro de un mismo templo no acaban de solventar sus disputas milenarias sobre cada centímetro cuadrado de reliquia, el edificio se deteriora a ojos vistas. Además hay que agregar que, a diferencia de la católica, la iglesia etíope y la armenia son carentes de recursos.
Luego bajamos a la plaza situada frente a la puerta principal del templo. Igual que la Basílica de la Natividad en Belén, el Santo Sepulcro de Jerusalén no es más que una aglomeración de iglesias, desde el punto de vista arquitectónico, simbólico y eclesiástico. Dentro de la basílica laboran nada menos que seis comunidades cristianas: la ortodoxa griega, la etíope, la siria ortodoxa, la armenia, la católica romana (latina) y por último la iglesia copta egipcia. Cada capilla, cada cripta, tienen su propio valor y su propio culto.
Se dice que ambas basílicas le deben su fundación a la tenacidad de Elena de Constantinopla, la madre del emperador romano Constantino, el primero el abrazar el cristianismo e imponerlo como religión oficial del impero. Sin embargo, entre ellas prima una diferencia abismal en cuanto a la fachada. En Belén la Iglesia de la Natividad apenas se distingue, porque su frente no es más que una pared lisa de bloques de piedra rústicos cuyas puertas y ventanas fueron tapiadas varios siglos atrás para prever ataques sorpresivos. Incluso la entrada principal, hoy Puerta de la Modestia, fue reducida al extremo de que ahora hay que agacharse para penetrar en el recinto. La razón era evitar que los musulmanes pudieran asaltar la iglesia a caballo y, cimitarra en mano, decapitaran a los cristianos que estaban rezando dentro de la iglesia, episodio que ocurrió varias veces.
Por su parte, la fachada del Sagrado Sepulcro en Jerusalén sí conservó sus puertas, ventanas, columnas exteriores, arcos y capiteles que le impregnan un aire medieval.
Al entrar giramos a la derecha y subimos por una estrecha escalera. Allí un mosaico de María incrustado en la pared marca la Estación X, donde a Cristo le fueron arrancadas sus ropas. Siguiendo la interminable fila de visitantes llegamos a un mosaico en la pared que representa la Estación XI, “La Crucifixión de Jesús”. Luego, entre dos estaciones, el altar “el dolor de María” era también objeto de numerosas peregrinaciones y algunos se arrodillaban ante él. En el centro del altar griego se encuentra la Estación XII, “Jesús muerto en la cruz”. Este sagrario ha sido construido sobre la roca donde, según la tradición, fue izada la cruz en la cual Cristo fue crucificado al lado de dos ladrones. Al igual que la Iglesia de la Natividad de Belén, aquí imperaba la decoración exuberante típica de la rama ortodoxa de la iglesia que siempre ha conservado algo del misticismo oriental primigenio. Han levantado sobre la misma piedra un altar tan suntuoso, que apenas permite distinguir el supuesto sitio original. Para ver el hueco en la roca donde se supone estuvo clavada la cruz de Jesús había que arrodillarse y/o agacharse dentro un pequeño espacio. Fieles a su estilo decorativo, los ortodoxos han arreglado la capilla de forma tan profusa con candelabros, cruces, mármoles y velas que cuesta trabajo imaginarse el tronco de un madero encajado en aquel lugar para crucificar a un hombre.
Dos preguntas además cosquilleaban mi curiosidad: ¿Si en la zona de Jerusalén la vegetación es rala y los árboles más grandes son olivos, de bajo tamaño y tronco torcido, de dónde trajeron los postes para hacer las crucifixiones? Por otro lado, si la madera es más blanda que la roca: ¿No era más lógico y simple hacer un hueco en la tierra para encajar el tronco, en vez de hacerlo en una piedra?
Pero dejé mis deliberaciones terrenales a un lado y evoqué la estampa que se imaginarían los creyentes con Cristo crucificado en aquel sitio. ¿Qué sentirán aquellos que tienen fe en un lugar tan especial? –me pregunté– ¿Cuántos sufrimientos, deseos y promesas no desfilarían por aquel lugar?
Continuamos a la Estación XIII, donde Cristo es descendido de la cruz y puesto en los brazos de su madre María. La procesión siguió su ritmo y yo me hice a un lado para dejar rezar a los beatos que, postrados en el suelo, besaban una laja de mármol sobre la cual, según la guía, depositaron el cadáver de Cristo al bajarlo de la cruz para untarle mirra y envolverlo en la famosa Sábana Santa de Turín.
 
El sepulcro
Finalmente llegamos a la Estación XIV, que es el Sagrado Sepulcro como tal. En sus orígenes debió haber sido un hueco dentro de la roca, pero ha sido transformado en la Anastasis, un templo dentro del templo siempre con una eterna fila de creyentes que vienen a postrarse ante el sepulcro vacío del Señor bajo la mirada atenta de ortodoxos guardianes. Anastasi en griego significa Resurrección, por lo que para algunos no se trata de un sepulcro, sino de la Iglesia de la Resurrección.
En todo caso tenía ante mí la famosa tumba que dio origen a las Cruzadas cuando los reyes medievales europeos emitieron su solemne voto para liberar los lugares santos de la dominación musulmana. Hasta aquí llegaron las legiones de cristianos europeos en su afán de recuperar la Tierra Santa. Esto conllevó a la creación de Reino de Jerusalén, que con algunas interrupciones se mantuvo durante casi dos siglos (1099 al 1291) hasta que el sultán Kahlil puso fin a la dominación cristiana.
Según las crónicas, donde está ahora la Iglesia del Sagrado Sepulcro el emperador Adriano hizo construir un templo en honor a Zeus allá por el año 135. En el lugar exacto de la tumba de Cristo se erigió un altar a Venus. Por ello cuando en el 326 Elena y Constantino mandaron a erigir la Anastasi, la primera iglesia para celebrar la Resurrección, se limitaron a edificar una estructura circular sobre el lugar donde debió estar la tumba original, que ya había sido quitada por órdenes de Adriano. Por otro lado el Nuevo Testamento nos dice que el cuerpo de Cristo fue colocado en una tumba aún sin usar, cortada en la roca viva. Esa sepultura era de la rica familia de José de Arimatea y su entrada estaba protegida por una gran piedra rodante. Con todo, en la Anastasi actual nos muestran un sepulcro con un sarcófago intacto cuando lo más probable es que este hubiera sido demolido y/o destruido por los romanos a la hora de construir el altar a Venus.
Por eso encontré más auténticos dos nichos cavados en la roca en una cripta olvidada y oscura al fondo de la basílica. Allí no hay ni candelabros, y apenas se pude entrar agachado y ayudado por una linterna. Se dice que son los hoyos donde los dos criminales que fueron crucificados junto con Jesús fueron enterrados, siguiendo la tradición de la época de sepultar a los cadáveres en la roca viva.
Existe además un “Plan B” para el Sagrado Sepulcro, conocido como la Tumba del Jardín. Este lugar se encuentra fuera de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en una colina que el general británico Gordon bautizara como “la Gólgota” o “lugar de la calavera”, pues las rocas del lugar imitan un cráneo humano. El hecho de que cerca de la tumba se encontraran cisternas de agua y un lagar de uvas lo hace similar a la descripción bíblica del sepulcro.
En su tiempo, la Tumba del Jardín desató enconadas discusiones. Algo similar ocurre con una cripta que se encuentra debajo del la Estación XI, es decir, el lugar de la cruz. Se trata de la capilla de Adán. Según la tradición aquí esta depuesta la calavera de Adán que la sangre de Cristo limpió de sus pecados terrenales, bajando para hacer tal, desde la mismísima cruz. Si le damos crédito a esa leyenda, la cruz de Jesús fue clavada con precisión milimétrica sobre el sitio exacto donde varios siglos antes hubo de haber sido enterrado Adán. ¡Me quedé boquiabierto cuando oí esa explicación!
También allí conocí de otra leyenda medieval que narra que la madera de que fue hecha la cruz provenía del árbol prohibido del paraíso y que fue venerada por la reina de Saba, cuando esta visitó a Salomón en Jerusalén. Comprendí en ese momento que más allá de la afiliación o no a cualquiera de las tres grandes religiones, Jerusalén es fuente inagotable de reliquias y mitos.
 
Las reliquias
Y sí. Son las reliquias entretejidas con leyendas las que hacen que a la distancia de dos milenios aún abunden los misterios, las teorías y las conjeturas. Esta cacería de reliquias empezó desde épocas muy tempranas y devino en una industria que tuvo su esplendor en la época de Bizancio y las Cruzadas cuando el sagrado Sepulcro era el principal centro de peregrinaje del cristianismo.
La primera buscadora de reliquias fue la propia Elena de Constantinopla, que vino a Palestina en 322 a rescatar los restos de la verdadera cruz de Jesús. Con el devenir de los años aparecieron tantos pedazos que afirmaban ser de la cruz original que ya en el siglo XVI Erasmo de Rótterdam bromeaba diciendo que se podría construir un barco con toda esa madera.
Otro tanto aconteció con los Clavos Santos que fueron usados para clavar a Cristo a la cruz: fueron buscados, hallados y elaborados. El más famoso de ellos es uno que se dice es santo y está montado en la corona de hierro de Lombardía, la cual se conserva aún en la catedral de Monza, la antigua capital lombarda.
Algo similar ocurre con el Sagrado Grial, que además de inspirar el tan vendido libro de “El Código da Vinci”, lo pude ver sin prisas hace unos años en la Catedral de Valencia en España, donde permanece expuesto hace siglos.
Le siguen Sábana Santa de Turín y un sinnúmero de pelos, lágrimas y gotas de sangre que se dicen provenientes de Jesús Cristo y todavía despiertan largos debates en nuestros días.
 
Las cruces
Al igual que el nacimiento de Cristo marca la hora cero de la historia moderna, su crucifixión, marca el punto más dramático y trascendental de la religión cristiana. Para muchos el crucifijo y la cruz* de la Estación XI resumen la quintaesencia del cristianismo. Igual que existen varias tendencias dentro de las comunidades cristianas, pude observar distintos tipos de cruces en ese Sagrado Sepulcro tan visitado y discutido. Debo agregar además que sobre cada tipo de cruz flota un mar de leyendas y versiones por lo que me apenas voy a detenerme en las que más me impresionaron.
- La más antigua de todas es el Anj o Cruz del Agua. Yo ya la conocía de mi viaje a Assuán, pues en el Antiguo Egipto representaba el símbolo de la vida. Aún es usada por la iglesia copta, pese a ser un emblema precristiano.
-La Tau es la cruz en forma de “T”. Era empleada por los romanos en sus ejecuciones. Fue luego denominada cruz commissa y es utilizada por los monjes franciscanos. Según algunas fuentes, en sendas Taus deben haber sido ejecutados los dos criminales que fueron crucificados aquel día junto a Cristo.
- La Cruz de San Andrés tiene forma de “X” y debe su nombre al santo que fue martirizado en ella. Abunda en los países protestantes y es hoy el símbolo nacional de Escocia.
Vienen ahora las dos grandes rivales: la Cruz Latina y la Cruz Ortodoxa.
- La Cruz Latina, de la iglesia católica, no necesita presentación. Es la más común en las Américas y en Europa occidental, pues también es usada por la iglesia evangélica. Tiene dos brazos horizontales iguales y el pie vertical más largo. Imita una figura humana con los brazos abiertos y los pies juntos. También se representa como un crucifijo, con Cristo clavado en la cruz con un clavo en cada mano y un tercer clavo que atraviesa los dos pies.
- Este último detalle es muy importante porque en la Cruz Ortodoxa o Cruz de las Ocho Puntas, se le agregan a la Cruz Latina dos pequeños travesaños más. Para los ortodoxos el travesaño inferior indica que Cristo lo crucificaron con los pies separados, usando un clavo para cada pie. Además, ese madero está sesgado porque también representa la balanza del Juicio Final: un extremo apunta hacia arriba (Paraíso) y el otro hacia abajo (Infierno).
El travesaño superior, por encima del madero horizontal, recuerda el cartel “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos” (IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM, en latín) que, a modo de burla, los soldados romanos hincaron en la cruz sobre la cabeza de Cristo.
Por último hay una cruz que debería ser la más famosa de todas. Sin embargo, en mi ignorancia atea, nunca antes había oído hablar sobre ella. Me refiero a la Cruz de Jerusalén. En esta cruz el listón horizontal y el vertical son del mismo tamaño y se cruzan en el centro. La cruz central está rodeada por otras cuatro cruces de la misma forma y menor tamaño, denominadas crucetas, que se encuentran situadas en cada uno de los cuadrantes delimitados por sus brazos. Pensé que representan los cuatro barrios del la Ciudad Vieja (armenio, judío, árabe y cristiano) que están distribuidos por cuadrantes, pero luego supe que las cuatro pequeñas crucecillas recuerdan las cuatro heridas de Cristo al ser crucificado, dos en los brazos y dos en los pies, por lo que algunos la llaman Cruz del Sagrado Sepulcro. A su vez en las cuatro puntas de la cruz tiene pequeñas traviesas, por lo que forman un total de cinco cruces y tiene además un significado geográfico. La también llamada Cruz de las Cruzadas o Cruz del Reino de Jerusalén se puede interpretar como rosa de los vientos donde cada extremo es un punto cardinal: norte, sur, este y oeste. Las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén tienen de las ocho puertas. Las cuatro principales (las Puerta de Yafo, de Damasco, de los Leones y de Sión) están dirigidas hacia los cuatro puntos cardinales y conducen a la principal ciudad en cada dirección.
La intercepción central de esta cruz representa aquel lugar donde yo estuve parado. Nos recuerda que Jerusalén es, desde los tiempos de los tiempos, el Ombligo del Mundo.
Junio 2011
*No se conservan vestigios del uso del icono de la cruz durante los dos primeros siglos del cristianismo, pues representaba un método de tortura especialmente doloroso. El ictus, ( ) pez dibujado con dos trazos en forma de arco, era el símbolo de los primeros cristianos, en especial durante épocas de persecución, para encubiertamente identificarse unos con otros.
Cuando Constantino declaró el cristianismo religión oficial del Imperio Romano se empezó a usar la cruz. Ya en el siglo III se hablaba de "los religiosos de la cruz" al hablar de los cristianos. En los primeros iconos se mostraba a Jesús triunfante saliendo de la cruz. No es hasta la Edad Media cuando se representa a Jesús sufriendo o fallecido en el crucifijo.
Los católicos y ortodoxos se persignan, hacen la señal de la cruz, moviendo su mano derecha y dibujando una cruz sobre ellos mismos, para iniciar sus oraciones.
Los obispos católicos, ortodoxos y anglicanos firman sus documentos anteponiendo una cruz (+) a sus nombres.