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Un par de huevos
Opinión - 08 de julio de 2017
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Hablaba Carlos Barral del miedo a volverse tonto con el paso de los años. A la falta de respuesta del cuerpo. He tenido -siempre- muy presente sus palabras, y no es que recuerde, puesto que nunca he olvidado.

 

"Qué huevos tienes", me dijo una compañera del departamento RRHH cuando presenté mi renuncia laboral por el despido injusto y cruel de una mujer embarazada. Se acogieron a una baja por "enfermedad común" que no especificaba la gestación. Presencié el despido, la vi llorar con la barriga en la boca: "¿Y ahora qué hago, estoy esperando un hijo y me ponen en la calle?". Yo, entonces ejecutiva, con una posición notable y sueldo alto, grité como una leona, dí patadas a las puertas y presenté mi dimisión. "Qué huevos tienes", me dijeron. Y yo no lo entendía. Me parecía lo normal. No tenía nada detrás. Simplemente no podía permanecer en un lugar donde se cometían semejantes injusticias. La crisis no se percibía ni por asomo. Era el imperio del los mediocres. Al día siguiente solicitaban mi regreso, no por insustituible, sino por el negocio que generaba y los clientes que eran míos, sabiendo que -por empatía- podía llevármelos a otra empresa, cosa que no hice. Nunca.

"Qué huevos tienes". Esa frase me ha perseguido durante años y sobre ella he reflexionado muy seriamente, desde el sentido literal de la justicia, la solidaridad, la lealtad y el auténtico compañerismo. En los últimos años no he dejado de escucharla, aunque en distintos ámbitos, tan distintos que algunos tiemblan sólo de pensarlo, quizá por si -algún día- se me ocurre abrir la boca. Puede que hoy sea el día. O la tarde. No sé.

El silencio nos hace cómplices. Quien no protesta, no grita, no reivindica las injusticias por miedo a perder el puesto, es un cobarde. La vida, que nos parece muy corta durante esa extensa juventud en la que sabemos poco, es en realidad muy larga. Cada uno es libre de elegir su camino, pero no todos son respetables. Desde un falso buenismo se alzan grandes impostores, sabios de nada, pretenciosos altivos, altaneros y déspotas, bandidos, manipuladores, mierdas, gusanos envueltos en trajes que ahora no pueden pagar y han pasado de moda. Me sobran razones para el recuerdo.

Siempre he dado la cara.Asumo mis palabras, mis actos, mis rebeliones, mis inmensos errores, mis fracasos, las escasas victorias que ya no tienen sentido. Mi llanto, mis carcajadas, mi dolor, y ese humor infalible que nunca me ha abandonado.

Me pregunto -hoy, rigurosamente hoy- por aquella mujer, que dio a luz un varón. Y -afortunadamente- no tengo que preguntar por los demás, que también se fueron, atacados por el mismo sistema.

Ese espíritu de tribu brilla por su ausencia. Si cualquier colectivo traga, se extiende la podredumbre de forma inimaginable. La unión es muy complicada. España es el gran país del chisme, del cotilleo, del lavadero cuadrado donde la ropa sucia es lo de menos, puesto que acaba tendida e impoluta tras ser pasada por agua: Como los huevos.