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Obama y los toturadores
Internacional - 30 de abril de 2009
Escrito por Lalo de la Vega
 
Para Robert L. Gibbs Secretario de Prensa de Barack Obama el martes 21 de abril debía ser una jornada productiva. Se acercaban los primeros 100 días del nuevo presidente norteamericano y el popular mandatario tenía una buena hoja de servicios que exhibir. Sin embargo un tema muy distinto ocupaba la atención de los periodistas en la Sala de Prensa de la Casa Blanca. Casi todas las preguntas contenían invariablemente una palabra: Waterboarding. Este método de hacer tragar a un prisionero maniatado cantidades excesivas de agua hasta casi ahogarlo es la más impúdica de las numerosas torturas empleadas por la administración Bush entre el 2002 y el 2005. El presidente

El escándalo comenzó el viernes anterior cuando Obama -en la víspera de la Cumbre de la OEA en Trinidad Tobago- anunció la desclasificación los documentos secretos sobre la aplicación de torturas luego de los ataques de l1 de septiembre. Al mismo tiempo comunicó que los torturadores no iban a ser sometidos a la justicia.

Con el infantil pretexto de no gastar tiempo y energías en lo que consideró "un oscuro y doloroso capítulo" de la historia de su país, el nuevo presidente ha justificado la impunidad para los que maltrataron durante años a los prisioneros de guerra en la lucha contra Al Qaeda. "Sería injusto procesar a los abnegados hombres y mujeres que trabajaban para proteger América por una conducta que fue autorizada por el Departamento de Justicia", manifestó el fiscal general del Estado, Eric Holder.

"Es hora de reflexionar y no de castigar", expresó el presidente en un comunicado, donde aseguraba que la nación debía proteger sus identidades "tanto como ellos protegen nuestra seguridad". Leon Panneta, director de la CIA, escribió en un mensaje a sus empleados: "La CIA responde según el deber lo requiere".

Obama declaró haber autorizado la publicación de los documentos para evitar "una descripción imprecisa de lo que ocurrió", lo que, en su opinión, "alentaría presunciones erróneas e inflamatorias de las medidas adoptadas por EE UU". En realidad estos informes, redactados por la Oficina de Consejo Legal del Departamento de Justicia entre 2002 y 2005, se han hecho públicos tras una demanda interpuesta y ganada por la Unión Americana de Libertades Civiles. Los reportes afirman que los abogados de Bush dieron el visto bueno a una serie de métodos de interrogatorio que se usaron contra 28 sospechosos de terrorismo.

Los abogados

En una serie de encuentros de alto nivel en el 2002 los Estados Unidos aprobó los brutales métodos de interrogatorio que siempre criticó, sin que ningún miembro del gabinete o legislador ofreciera resistencia. Los señores no sabían que esas torturas ya fueron condenadas por EE.UU. como crímenes de guerra empleados por los comunistas chinos en la 2da Guerra Mundial. De hecho forman parte de un folleto que explica a los pilotos y agentes norteamericanos de servicio en el Lejano Oriente que martirios deben enfrentar en caso de ser detenidos. Incluso hoy en Cambodia se exhibe en un museo un Waterboard –tabla de ahogamiento- de los días sangrientos de Pol Pot. Los altos funcionarios no sólo no ofrecieron resistencia, sino que cuestionaban si la CIA estaba haciendo lo suficiente y no eran necesarios métodos aún más drásticos. Como expresara un oficial de inteligencia, la aobración fue “la perfecta mezcla de entusiasmo e ignorancia”.

Lo más picante del caso es que el empleo de torturas, aparte de ser condenable desde el punto de vista moral y de derechos humanos, ni siquiera fue útil a la hora de obtener informaciones verídicas. Martin Seligman, un prominente profesor de la Universidad de Pensilvania, ha afirmado que “el desamparo puede convertir a alguien en mas dependiente y menos desafiante, pero no necesariamente en mas sincero”. Una persona sometida a un dolor intenso es capaz de decir cualquier cosa, incluso una mentira, con tal de que cese ese dolor. Además de un crimen, ha sido una estupidez.

Cuando en mazo del 2002 se capturó a un importante miembro de Al Queda que parecía temerle a los insectos, se decidió meterlo en la caja oscura con orugas. La idea parece salida del libro “1984” de George Orwell donde el protagonista, encerrado en una celda con ratas, es capaz de denunciar a su novia presa del pánico. A veces la realidad supera la más macabra de las fantasías.

Claro está, como eran “los buenos” de Bush los que torturaban, había legalizar esa larga lista de violaciones. Para eso se empleó a un grupo de abogados del Departamento de Justicia, cuyas instrucciones rayan en el sarcasmo. Los letrados prohibieron decirle al interrogado que las picadas de los insectos eran venenosa –sino inducirlo a que lo pensara- pues la ley norteamericana no permite que se trate a los prisioneros con peligro de muerte inminente. Además, en las torturas debía estar presente un médico para garantizar que este prisionero (sometido al waterboarding más de 180 veces en el mes de agosto del 2002, 6 veces al día) no fuera a morir ahogado.

La autorización judicial era muy científica: “la introducción de insectos no constituye un peligro o un dolor severo para una persona razonable en esa posición”. Muy interesante. ¿Pudiera explicarnos el señor abogado, sentado en su oficina con aire acondicionado en Washington, que significa “razonable”? Claro, es “razonable” si a ese prisionero lo han despertado a palos durante una semana (con palos, no con hierros), si lo han tirado contra la pared 20 veces al día (una pared de ladrillos, no de concreto) y le sumergen la cabeza cada 4 horas en agua fría (¡pero no debajo de 5 grados Celsius, que hay que cumplir con la ley!)

Los torturadores

Otro dato interesente es que muchos de los “abnegados hombres y mujeres que trabajaban para proteger América”, no eran siquiera agentes de los servicios de inteligencia, sino contractors. Eran simples empleados ocasionales de la CIA para realizar este tipo de interrogatorios.

Pero en boca del Señor Presidente (ya no sé si decir Obama o Bush) todo parece ser perfectamente legal, pues los torturadores "actuaron de buena fe basándose en las instrucciones del Departamento de Justicia".Es decir que quedarán impunes aquellos que utilizaron el waterboarding o asfixia simulada, ataron por el cuello con un collar de plástico a los prisioneros junto a los muros de las celdas de interrogatorio, golpearon y privaron del sueño a los interrogados o los introducían en cajas oscuras con insectos.

Parece que cálculo político era el impedir una serie de tribunales en los que se ventilarían asuntos peliagudos sobre los métodos de inteligencia del gobierno norteamericano. Obama no tuvo el coraje cívico para abrir esa Caja de Pandora que pudiera desembocar en someter a juicio a los verdaderos responsables de tantas torturas, incluyendo al propio ex presidente Georg Bush.

Un consejero de la Casa Blanca ha dicho que “Ha sido la decisión más difícil” que ha tenido que tomar el Presidente. Ha sido también la más errónea, falta de ética y la de más alto costo político para el mandatario. En vez de “quedar bien con dios y con el diablo”, el nuevo presidente ha quedado entre dos fuegos. Obama –tan capaz otras veces de aunar posiciones- ha defraudado a ambos bandos.

Quien en los primeros días de su gobierno condenó y prohibió el uso de la tortura por Estados Unidos -un gesto muy aplaudido en todo el planeta- ahora no es capaz de ser consecuente con su posición y juzgar a los ejecutores. A las protestas iniciales de las organizaciones de derechos húmanos como Amnesty Internacional y Human Rigths Wacht, se van sumando sectores importantes de la opinión pública mundial y de la gran prensa norteamericana. Es criticado hasta por los propios demócratas.

Los republicanos, para salir de su mala imagen en los últimos meses, han encontrado un pretexto ideal para atacar a Obama desde la derecha. Con el ex vicepresidente Cheney a la cabeza, le reprochan al nuevo mandatario el haber desclasificado documentos secretos y poner en peligro la seguridad de los Estados Unidos.

Por otro lado la promesa de no sancionar a los torturadores no ha sido suficiente para los oficiales de inteligencia que ven en riesgo que se revele su identidad. Es una realidad que el presidente depende del servicio de inteligencia, incluso para su propia seguridad personal. Por eso al día siguiente de regresar de Trinidad y Tobago se apresuró a viajar hasta Langley en Virginia para visitar la cede de la CIA. Allí intentó calmar el descontento que su medida provocó en las filas de los agentes.

Al ponerse del lado de los torturadotes Obama ha pedido lo más valioso de su hasta ahora brillante carrera política: su autoridad moral. Ha renegado de sus propias palabras: “las técnicas de tortura como la simulación de asfixia minaron nuestra autoridad moral y no hicieron a Estados Unidos más seguro”. ¿Cómo discutir sobre Derechos Humanos con las dictaduras de este planeta teniendo en casa torturadores que no serán juzgados? ¿Se puede aún confiar en el nuevo presidente o es otro más de los muchos que se prestan al juego de los laberintos del poder? Lo ha apostado todo a una sola carta y ha defraudado las esperanzas que millones. Obama ha perdido su carta de triunfo. Y sin autoridad moral su camino futuro será más difícil, mucho más difícil.