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La capital del capital
Viajar - 01 de mayo de 2013
Escrito por Israel Benavides
 
Al Menino* in memoriam

El panorama de Nueva York era impresionante, pero el calor nos abrazaba. Aunque estábamos a la sombra del puente de Brooklyn, el termómetro rozaba los 30 grados a aquella hora de la tarde. El sol calentaba las olas de la pequeña playa en un diminuto oasis de relativa tranquilidad dentro del bullicio de la urbe que nunca duerme. Era Sommer in the City, como dice la canción, y para menguar el calor unos vendedores ambulantes ofertaban en la arena pequeñas botellas de agua a 75 centavos. Nos pusimos en camino y a la salida del puente de Brooklyn unos jóvenes parados en el asfalto vendían las mismas botellas por un dólar a los conductores de los autos que circulaban en dirección a Manhattan. Cruzamos el puente a pie y en medio del trayecto, en un estanco improvisado, las susodichas botellas constaban 2$ para los transeúntes que circulábamos por el puente en ambas direcciones. Ya en Manhattan, a la entada del tren subterráneo o Subway, las botellas se anunciaban por 3$ en el quiosco de la estación. Pero cuando llegamos a Wall Street, el distrito financiero de la jungla del asfalto, ya las botellas costaban 3,5$ o 4$.

–Son las isobaras del dinero –me dijo el Menino leyendo mis pensamientos.

El Menino, mi inseparable compañero de tantos viajes y aventuras, no era gente de muchas palabras, pero cuando hablaba, ponía los puntos sobre las íes. Como él era brasilero, nos comunicábamos en “portuñol”, una peculiar mezcla de frases cariocas y cubanas. Sin embargo, muchas veces bastaba mirarnos para comprender lo que pensaba el otro, como en este caso.

Mientras tanto habíamos alcanzado el epicentro del dinero. Estábamos en el corazón financiero de New York. Caminábamos por Wall Street, la famosa calle de la Bolsa de Valores sobre la cual existen dos grandes malentendidos. El primero, es que la calle, Wall (pared o muralla en inglés), no debe su nombre a la pared de rascacielos de bancos que se ha formado a ambos lados de esa estrecha callejuela. En realidad a lo largo de esa vía se extendía la pared o muralla exterior de lo que fuera la primitiva villa de Nueva Holanda, cuando lo que luego sería Nueva York no era más que una aldea de casas de maderas protegida por una muralla de piedra. Y es esa vieja muralla, hoy desaparecida, la que le da el nombre a la calle y a la zona.

El segundo malentendido es que la fachada clásica con columnas griegas que sale en todos los periódicos y reportajes financieros no está en la calle Wall, sino en la calle Brox con la que hace esquina. El edificio de la NYSE (New York Stok Exchange) se encuentra en la esquina de ambas calles y apenas la entrada de servicio, una discreta puerta trasera, da a la calle Wall. Precisamente por allí, pero en 1966, pude yo entrar a la NYSC, gracias a haber dicho una mala palabra.

Entonces aún no existían las extremas medidas de seguridad implantadas a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Todavía se admitía la visita del público a la Bolsa de Valores. La entrada era gratis, aunque para acceder al edificio apenas se repartían 50 tiques para cada hora. Yo, desconocedor de cómo funcionaba aquel sistema, llegué un viernes por la tarde cuando en efecto la bolsa aún estaba abierta, pero no alcancé ninguna de las entradas para aquel día. Como mi avión de regreso era el domingo, ya no tendría oportunidad de ver la Bolsa por dentro.
 
–Scheise! –no pude evitar un gesto de contrariedad y decir aquella palabrota alemana.
–¿Es usted alemán? –preguntó alguien a mis espaldas.
–No –le respondí en alemán–. Soy cubano, pero llevo muchos años viviendo allá.
–¿Y qué le pasa? ¿Se ha quedado sin entradas?
–Sí. No sabía que las entradas estaban restringidas.
–Mire –me dijo el alemán poniéndome un trozo de cartón en la mano–, yo saqué una entrada para mí y otra para mi mujer, pero creo que ella aún está haciendo sus compras por Soho y no parece muy entusiasmada por los mecanismos de la Bolsa de Valores. Así que mejor entre usted disfrute de la excursión.
–¡Muchas gracias!– le expresé sin salir de mi asombro. 

Así pude entrar a aquel universo de acciones, fondos, indexs, ofertas de compraventa, gráficos de opciones y los clics de las computadoras, que son las que coordinan en tiempo real y para todo el globo los altibajos de las finanzas del planeta.

Los neoyorkinos dicen que su ciudad es la capital del mundo. Desde el punto de vista formal, no les falta razón, pues aquí radica la sede de la Asamblea de la ONU y su Consejo de Seguridad. Pero en la vida real su poder es aún más fuerte. En el distrito de Wall Street se decide el curso de la economía mundial. Contratos y transacciones comerciales por volúmenes superiores al presupuesto de muchos países aquí son rutina diaria. Tras los cristales oscuros de esas oficinas, se define el rumbo de continentes enteros, se hacen o destruyen miles de millones, y se toman acuerdos de alcance planetario. Estamos en la Capital del Capital, uno de los centros neurálgicos para el flujo del dinero en todo el planeta. El eslogan de la NYSE es un fiel reflejo de esa realidad: “El mundo pone sus acciones en nosotros”.

Por eso no es extraño que un ejército de periodistas –y curiosos como nosotros aquel día– vengan de todos los países del orbe a observar los altibajos de la bolsa, las tendencias financieras actuales, y ese enjambre caótico de inversionistas que caminan apresurados en todas las direcciones con sus corbatas al cuello y sus teléfonos en la oreja.

La tecnología ha hecho su impacto en la bolsa y la gritería de los accionistas de cuello blanco blandiendo papelillos en la mano para vender o comprar acciones, ha cedido su paso al silencio electrónico de las computadoras. Ahora los corredores de bolsa van tecleando en sus laptops, sus tabletas electrónicas o en sus teléfonos inteligentes para estar todo el tiempo conectados a la Internet. La bolsa se ha vuelto digital, portátil y, sobre todo, global.

Cerca de allí importantes bancos guardan en sus sótanos las grandes reservas en forma de lingotes de oro. Otras bóvedas atesoran el dinero en efectivo que, según las circunstancias, entran o salen de circulación.

Viendo tanta riqueza y poder a su alrededor, el Menino volvió a soltar una de sus frases legendarias:

–Manhatan es una isla, pero la Isla del Tesoro.

* Bruno Jaime Silveria, alias el Menino, murió el 30 de diciembre de 2012.