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El rey arquitecto. Entre césares y judíos
Viajar - 30 de marzo de 2013
Escrito por Israel Benavides
 
Voy caminando por terraza sembrada de columnas que se adentra en el Mediterráneo mientras las olas abaten sin descanso las rocas del promontorio. Apenas a unos metros del mar observo, cavado en la roca viva, el hueco cuadrado de lo que fuera antes la piscina del palacio. Todo esto fuera muy normal en otras latitudes si pasamos por alto dos detalles. El primero es que este palacio fue construido 2000 años atrás. El segundo, que este estanque junto al mar era de agua dulce. Entonces supe que ingenieros romanos construyeron un acueducto de 14 kilómetros para que los césares pudieran observar el tráfico del puerto mientras disfrutaban de su baño en la alberca.

Junto al palacio nos esperaban el anfiteatro de cara al mar, que aún funciona en la actualidad, y el Circus Máximus, donde entonces se celebraban las carreras de caballos y los combates de gladiadores. Varias hileras de columnas que han logrado mantenerse en pie se encargan de darle de toque de gloria romana a lo que es hoy uno de los parques nacionales más interesantes de Israel. Estamos en Cesarea, la ciudad construida por Herodes, el rey de Judea, en honor a su patrón Octavio Augusto César. El propio Herodes había estudiado arquitectura en Roma y aplicó esos conocimientos de regreso a su reino.

Todavía hoy es admirable el esplendor arquitectónico de esta ciudad-puerto que fue levantada ente el 25 y el 13 a. n. e., según un plan general con sus calles cuadriculadas y su ágora para mercado, muelles, almacenes, templos, baños públicos, teatro, anfiteatro y zona residencial. Los romanos, herederos de la cultura griega, le hicieron un gran aporte a la arquitectura helénica: el arco sobre dos puntales. Si al principio los griegos tenían que recurrir a la ladera de una colina para edificar su anfiteatro, luego los romanos podían levantar sus estructuras en cualquier terreno.

En su tiempo la construcción de una ciudad típica romana por el rey de Judea dio lugar a no pocas controversias internas. Sin embargo, Herodes el Grande supo imponerse con su poder soberano y con el argumento de que semejante joya arquitectónica le daría el visto bueno del Imperio Romano, que en aquel entonces tenía sometida a Judea y a todos los territorios del Mare Nostrum mediterráneo. Los planes del rey se cumplieron y Cesarea conoció una época de prosperidad económica bajo la influencia romana.

Con el devenir de los siglos Cesarea fue pasando de mano en mano y de imperio en imperio. Al irse los romanos vinieron los bizantinos. Luego las conocidas luchas de las cruzadas entre musulmanes y cristianos dejaron sus huellas en la ciudad, que ostenta aún edificios góticos y templos islámicos. Pero nunca la villa volvió a tener el esplendor inicial de los tiempos de Herodes el Grande.

Con todo, la reputación del rey entre sus súbditos no era la mejor, entre otras cosas porque no era de origen judío, sino idumeo. La cultura de Herodes el Grande era muy occidental y tenía una muy justificada reputación de implacable. De hecho, mató a toda la familia de sus rivales por el trono y luego asesinó a varios de sus propios hijos en sus luchas internas por el poder. De esa mala fama surgió luego la leyenda bíblica de la Matanza de los Inocentes, según la cual el rey mandó matar a centenares de niños.

Para ganarse la confianza, el apoyo y la admiración de los judíos, Herodes llevó a buen término la construcción del Segundo Templo de Jerusalén, una de las obras más monumentales de su tiempo, que también se ha convertido en fuente de inspiración de innumerables conjeturas. Todavía al caminar junto a los muros del destruido templo uno siente una ola de admiración y respeto. Me causó un gran impacto el presenciar algo que mantiene su magnetismo por encima de 20 000 años de historia.

No obstante, la gran obra maestra de este controvertido rey fue sin duda Masada, la cual pude visitar al día siguiente. Si en Cesarea me sorprendió una piscina de agua dulce junto al mar, en Masada me impactó ver una fortaleza sobre una montaña del desierto que tuviera amplias reservas de agua potable. El secreto estriba en que construyeron canales en la roca caliza que conducían toda el agua de lluvia hasta cisternas muy bien protegidas de la evaporación del desierto.

Mientras subíamos las escaleras que unen los tres niveles de este insólito palacio, pude disfrutar del paisaje que por un lado se perdía en la inmensidad del desierto y por otro, en el resplandor azul de las aguar del Mar Muerto. Me preguntaba cómo hace dos milenios alguien pudo construir con tanto refinamiento a semejante altura y sobre laderas tan abruptas. En algunos rincones me parecía que se había detenido el tiempo. Gracias al aire seco del desierto aún se conservan algunos frescos en las paredes de lo que debió haber sido el salón principal. Todavía pude ver el decorado de las columnas y las pinturas sobre la piedra que han desafiado invictas el paso de los siglos.

Lo que muchos judíos desconocen es que Masada en gran medida le debe su existencia a la famosa reina Cleopatra de Egipto,* la cual, amparada por su amante Marco Antonio, amenazaba con extender su reino hasta Judea. Corría el año 40 a. C. cuando Herodes el Grande empezó a fortificar Masada como refugio contra la invasión extranjera y posibles motines internos, pues los judíos no le perdonaban al rey su origen idumeo y le reprochaban el aliarse a los romanos para derrocar a los amoneos, sus rivales en la disputa por el poder. Muy lejos estaba entonces Herodes de imaginarse que su palacio en las alturas desempeñaría un papel clave en la guerra judeo-romana.

Lo empinado de la montaña de Masada fue lo que le permitió luego convertirse en foco de resistencia y símbolo mundial de la entereza judía, varias décadas después de la muerte de Herodes.

Corría el año 72 de nuestra era cuando se desató la rebelión de los hebreos contra el poder imperial. Ese levantamiento fue reprimido de forma sangrienta por los romanos. De todos es conocida la destrucción del Segundo Templo en Jerusalén, un golpe casi mortal al alma judía. Entonces algunos judíos que lograron escapar de la masacre se refugiaron en la inexpugnable fortaleza de Masada y desde allí seguían enfrentando a los romanos.

Con suficiente agua potable y una montaña que le servía de muralla, los judíos tenían una enorme ventaja estratégica. Solo eso explica que un puñado de guerrilleros pudiera soportar el asedio del ejército regular más poderoso y temido de su época. Desde lo alto de la montaña observé los restos de los ocho campamentos romanos. Todavía se ve el contorno de las paredes protectoras exteriores y el trazado de las calles. La impecable organización romana parece no haber dejado nada a la casualidad y denota fortificaciones para prevenir posibles asaltos sorpresivos de los guerrilleros judíos. Las colosales dimensiones del mayor de los campamentos delatan que allí debieron haber pernoctado unos 4000 soldados romanos. Junto con los demás asentamientos alrededor de la montaña, entre legionarios y sus auxiliares formaban un contingente de 9000 hombres. Aparte de eso los acompañaban una caravana de civiles y cientos de esclavos judíos. ¡Un ejército con más de 10 000 hombres bajo su mando para someter a un pequeño grupo de rebeldes!

Vistos en franca desventaja topográfica, los romanos acudieron a un ardid. Obligaron a esclavos judíos a construir una rampa de piedra y tierra hasta la entrada de Masada por la parte en que la ladera era menos empinada. De esta forma si los amotinados atacaban a los constructores, terminaban matando a sus propios hermanos.

Además, los romanos desplegaron todo su potencial tecnológico. Una vez terminada la rampa hicieron subir por ellas unas enormes torres de madera sobre ruedas desde las cuales lanzaron catapultas de fuego. Todavía se conserva la rampa del ataque. Al pararme en la puerta de la muralla por donde entraron los romanos, yo me preguntaba cuánta sangre, cuánto fuego y cuánta muerte habrían desfilado por apenas dos metros cuadrados de roca.

Pero los romanos no pudieron llevar a cabo la batalla final ni saborear su victoria a plenitud. Cuando ya les esperaba una derrota inminente, los judíos decidieron ejecutar un suicidio colectivo, antes de ser masacrados o convertidos en esclavos por los romanos. Por eso al amanecer del día final, lo que les hizo resistencia a las tropas del imperio fue el silencio de los cadáveres. Pronto comprobaron que los amotinados tenían abundantes pertrechos, por lo que no murieron ni de hambre ni de sed. Murieron por su decisión soberana. Una mujer que se había escondido en una de las cisternas con sus dos hijas fue la única sobreviviente que pudo contarlo. Los romanos quedaron tan impactados que abandonaron la fortaleza sin destruirla. Eso es lo que ha permitido que Masada, tallada sobre la roca viva del desierto, se preservara hasta nuestros días. La entereza de los muertos pudo más que las armas de los vivos.

Desde entonces Masada deslumbra por su paisaje, por su audacia arquitectónica y por el arrojo de los que la defendieron más allá de su propia muerte. Gracias a ellos millones de visitantes podemos admirar hoy los tesoros de esta joya del desierto. Mientras tanto en Jerusalén, junto al muro levantado por Herodes el Grande, los judíos lamentan la pérdida de su templo, y en la costa Cesarea nos recuerda el esplendor de los césares, cuando los romanos tenían aún su modo imperial de nombrar al Mediterráneo: Mare Nostrum.

Junio de 2012

* Alrededor del año 37 a. C., el expansionismo de la vecina Cleopatra VII, amparada por Marco Antonio, significaba una gran amenaza. Entonces Herodes el Grande decidió fortificar Masada, aprovechando sus excelentes condiciones geográficas. Otra de las funciones de Masada fue como posible refugio frente a su propio pueblo, ya que los judíos detestaban a Herodes por su origen idumeo y por restablecer el dominio romano. También habría de servir como lugar de descanso personal y para albergar visitas de otros dignatarios que pudieran disfrutar con las impresionantes vistas del desierto de Judea y del Mar Muerto.