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El oro de Guatavita
Viajar - 28 de abril de 2012
Escrito por Israel Benavides
 

Persiguiendo una leyenda

Voy corriendo loma arriba en medio de la espesa vegetación. El camino es largo, mucho más empinado de lo que yo suponía y la altura de la montaña hace que escasee el oxígeno. Me falta el aire, pero no me detengo. Todo lo que hago es aflojar la velocidad para recuperar mi respiración y seguir con paso apurado. Prometí apurarme y eso debo hacer, pues ha sido un verdadero milagro el que me hayan dejado entrar a este sendero en medio de las montañas del centro de Colombia.

Por lo intrincado del lugar, habíamos llegado demasiado tarde a la entrada del parque, 15 minutos después de que había cerrado. Solo la insistencia tenaz y el verbo insuperable de mi amigo colombiano hicieron posible la decisión salomónica del guardabosque. El centinela no quiso cobrar la entrada ni aceptó propinas. Todo lo que hizo fue permitirme solo a mí, venido de allende los mares, ir a ver en tiempo récord el enigmático lugar sobre el cual se tejen tantas leyendas.

Llegué jadeando a la cima del camino luego de haber estrujado los últimos átomos de oxígeno que me quedaban en los pulmones. Subí los escalones finales y di cuatro pasos hasta llegar al borde del precipicio. A mis pies se extendía, verde, misteriosa y serena, la Laguna del Dorado…
 
El Guaique o Cacique se preparaba desde niño en la Cuca, la casa ceremonial de los indios muiscas. Se le educaba buscando la sabiduría para regir a su tribu y en pos de la virginidad como símbolo de su consagración. Para demostrar su fuerza de voluntad, debía llegar puro de pensamiento y haber sido inconmovible antes las caricias femeninas.
 
Durante la ceremonia de su coronación le untaban miel, resina de frailejón y luego lo cubrían con polvo de oro que simbolizaba las semillas de la vida. Era así, reflejando en su piel los rayos del sol, como subía a la balsa sagrada que lo llevaría al centro de la Laguna de Guatavitas. Sí, la laguna es el vientre que contiene el agua, la madre del pueblo muisca. Allí convergen lo femenino, el agua, rodeada por lo masculino, la montaña. Por eso hace incontables lunas que aquí se le rinde tributo a la madre de todo el pueblo.

En el momento cumbre de la ceremonia, el futuro Guaique se fundía con la Laguna de Guatavitas. Al salir el Sol, él la penetraba y ella en su dimensión espiritual le otorgaba el poder. Cuando salía del agua, ya era El Guaique. Lo vestían al son de los tambores y empezaba el pagamento, un rito para agradecer lo recibido por la madre tierra y a mirarse al interior para evaluar cómo han sido las acciones y los pensamientos, si han generado armonía o desequilibrio. También se le pedía permiso para futuras acciones y se le ofrecían cuarzo, esmeraldas y oro a Guatavita.

De ese rito debe haber surgido la Leyenda del Dorado, un lugar con calles pavimentadas de oro, donde las pepitas del codiciado metal eran tan grandes y abundantes que se despreciaba como simples piedras. El mito, surgido en 1516 cuando Gonzalo Jiménez de Quesada hizo su primer contacto con los muiscas en los Andes, se regó como pólvora ente los conquistadores y llegó hasta Quito, entonces capital del virreinato. Por supuesto, esa historia sobre «El Hombre Dorado», «El Indio Dorado», «El Rey Dorado», contada de boca en boca, le quitó el sueño, y le costó la vida, a más de un hidalgo. Para los conquistadores el supuesto oro de Guatavita no tenía un valor espiritual, sino metálico. Por eso muchos abandonaron las olas del Caribe y el puerto de Cartagena para irse en pos del codiciado metal.

 Se suponía que El Dorado estaba ubicado en alguna parte del centro de Colombia y también en las zonas de la Amazonia de los actuales Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela, pero en especial dentro de lo que era entonces el territorio de Nueva Granada. Persiguiendo esa quimera los españoles se atrevieron a desafiar cientos de kilómetros de selvas, montañas, tigres, ríos y peligros en el territorio de la actual Colombia. Y en esas aventuras de búsqueda fueron fundadas Santa Fe de Bogotá y otras muchas ciudades del interior. La leyenda fue un gran catalizador en el proceso de colonización de los nuevos territorios y su llama obtenía nuevas fuerzas cada vez que un europeo encontraba una pepita de oro o una pieza de las que usaban los aborígenes en sus ritos. También buscando El Dorado en una expedición que partió en 1541 fue cuando Francisco de Orellana descubrió el río Amazonas.
 
Existen también otras lagunas en el actual departamento colombiano de Cundinamarca en las que se practicaba este ritual y en las cuales se encontraron piezas de oro. Ya yo había visto en el Museo del Oro de Bogotá una pieza precolombina que representa precisamente esa ceremonia de la coronación en medio de la laguna: la famosa Balsa Muisca de Pasca encontrada cerca del pueblo de Pasca en Cundinamarca. Tan grande es su importancia histórica que le está reservada toda una sala del museo. Es además la materialización de una leyenda que ha resistido intacta el embate de los siglos.
 
Como la quimera de El Dorado siguió flotando en el tiempo, no han faltado los científicos y aventureros que hayan intentado descubrir el misterioso tesoro. Desde lo alto del mirador puedo aún ver un cráter lateral en una de las orillas de la laguna. Fue hecho por excavadores ingleses que pretendieron drenar la laguna y con ello apoderarse del oro que debía estar en el fondo. Sin embargo, ocurrieron entonces dos cosas imprevistas: por un lado no encontraron ningún oro en el fondo y por otro, la laguna se volvió a llenar por sí misma. ¡La Madre Natura del pueblo muisca les jugó una mala pasada!
No obstante, algunos no se dan por vencidos y las investigaciones continúan. Por otro lado abundan todo tipo de conjeturas que van desde lo supersticioso a la ciencia ficción y vinculan a Guatavista lo mismo con espíritus ancestrales que con naves extraterrestres.
 
Cerca de la laguna de El Dorado hoy existe además una nueva laguna de Guatavitas, cuyo origen es mucho menos misterioso, pero de gran utilidad práctica. Se trata de una represa artificial construida para generar energía eléctrica. Así el antiguo pueblo de Guatavitas ha sido trasplantado en una moderna comunidad rural que, pese a lo armónico de proyecto arquitectónico construido, no logra retomar la energía vital de las antiguas calles que para siempre han quedado bajo las aguas.
 
Mientras bajo de dos en dos los escalones en mi camino de regreso, desfila de nuevo ante mí la exuberante vegetación del lugar que me empieza a atrapar con sus sombras. Esa manigua debe haber sido la verdadera cuna del pueblo muisca, que los alimentaba y vestía desde tiempos de Guaiques y ofrendas. Es en esa espesura donde aún esperan por ser descubiertos los misterios de la leyenda de El Dorado.
septiembre 2011