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Estambul
Viajar - 07 de marzo de 2012
Escrito por Israel Benavides
 
“Bienvenido a Asia”
 
El letrero amarillo, puesto con tanto desenfado junto al torrente interminable autos que cruzaba el puente, me recordaba que esta es la única ciudad del mundo que puede vanagloriarse de estar asentada sobre dos continentes al mismo tiempo.
 
Debajo de aquel puente colgante que une Europa con Asia, extiende sus olas el orgulloso estrecho de Bósforos que une el Mar de Mármara con el Mar Negro y permite su acceso al Mediterráneo. Ya han pasado más de 20 años desde que lo crucé por primera vez, pero no ha perdido ni un átomo de su majestuosidad. Vuelvo a admirar, esta vez desde las alturas, el castillo de Rumeli Hisari y lo reconozco al vuelo.
Entonces yo era un estudiante que viajaba en barco desde Odesa hasta La Habana y, luego de haber atravesado todo el Mar Negro, caímos en Bósforos en una noche embrujada. Desde lejos las aguas del estrecho reflejaban las luces de las torres en construcción de lo que a partir de 1988 sería este puente del Sultán Mehmmet que acabábamos de cruzar, el segundo sobre este estrecho.
 
Cuando aquello, solo estaba en pie el Bogazici, el primer viaducto intercontinental y obra maestra de la ingeniería moderna que fue terminado en el 1973. Recuerdo que todos salimos corriendo a cubierta para observar cómo el mástil de nuestro buque pasaba a escasos metros por debajo de la infinita hilera de autos que cruzaban el puente en ambas direcciones, pese a lo inusual de aquella hora. Creo que esa madrugada no durmió nadie a bordo. Al calor de la noche de verano se le sumaba la excitación colectiva. Cientos de estudiantes estábamos soldados a las barandas del barco para no perdernos un detalle de ese nuevo universo que desfilaba ante nuestros ojos. Sí, quedamos embrujados por Bósforos. Nos fascinaron sus castillos y palacios medievales, las espléndidas villas junto al agua, los lujosos yates anclados en las orillas, los estuarios en penumbra, las torres góticas y modernas que salpicaban el paisaje, y finalmente la majestuosidad de los grandes templos salidos de pronto entre las brumas de la madrugada. Fue una noche de fantasmas que se quedó grabada para siempre en nuestra memoria colectiva.
 
A nuestro regreso desde La Habana volvimos a cruzar por Bósforos, esta vez a pleno día. Estambul volvió a seducirme, pero ya no como un fantasma mítico, sino como urbe en todo su esplendor. Había vuelto a caer bajo su hechizo, esta vez con pleno conocimiento de causa. Goloseamos desde lejos la Basílica de Santa Sofía (la iglesia de la Divina Sabiduría ) y la Mezquita Azul (Mezquita del Sultán Ahmed), admiramos la perfecta simetría de los minaretes, la monumentalidad de los palacios y el contraste con los primeros rascacielos modernos que empezaban a despuntar. Nuestro barco se balanceaba entre dos continentes en medio de aquel enjambre de lanchas de todos los calados que hormiguean de orilla a orilla.
 
Nuestra nave jamás se detuvo y nunca llegamos a pisar tierra firme. Por eso no podía decir que yo hubiera visitado Estambul. Tampoco podía decir que no hubiera estado allí, pues cruzamos toda la urbe de norte a sur y sucumbimos bajo su magnificencia. Miles de fotos que nos tiramos entonces con agilidad japonesa se encargarían de confirmar nuestra fugaz presencia.
 
Y hoy, 20 años más tarde, me volvía a ocurrir lo mismo: acababa de cruzar toda la ciudad, esta vez de oeste a este, sin bajarme del auto. Había absorbido todo lo que mis ojos fueron capaces durante el recorrido, pero no puede detenerme a pasear por sus calles y plazas. Había vuelto a “estar sin haber estado” en la ciudad leyenda.
 
Fundada en 667 a .C. por colonos griegos, la localidad de Bizancio fue desde temprana edad manzana de la disputa entre persas, espartanos, griegos y, finalmente, romanos. Por su inigualable posición geográfica en el año 330 el emperador romano Constantino la nombró Constantinopla o Nova Roma, la que pasó en el 395 a ser la capital del Imperio Romano de Oriente. Durante mil años el también llamado Imperio Bizantino pudo sobrevivir a la caída de Roma a manos de las hordas bárbaras. Desde aquí, en las riberas del mar de Mármara, la ciudad fue creciendo y ganando en importancia. Era la llave que controlaba el tráfico marítimo entre el Mar Negro y el Mediterráneo de norte a sur y las grandes caravanas comerciales entre Europa y Asia de este a oeste. Por aquí pasaba la legendaria Ruta de la Seda en la época medieval y luego el estratégico acceso al Mar Mediterráneo del Impero Ruso.
 
En 1453 Constantinopla fue conquistada por los otomanos, para convertirse en la capital de otra potencia, que también llegó a dominar extensos territorios. El Imperio Otomano llegó a extenderse desde Budapest hasta Egipto, para luego reducirse al territorio de la actual Turquía. El fundador de la Turquía moderna fue Mustafá Atatürk, cuyo nombre lleva el Aeropuerto Internacional de Estambul, por donde yo acababa de aterrizar.
Al crearse el nuevo estado en 1923, se optó por modificar el idioma turco, y lo dotarlo de caracteres latinos, pero conservando la fonética otomana. En 1930 se adoptó el nombre oficial de Estambul y la capital fue trasladada a Ankara. Así surgió la primera democracia islámica, que no encuentra similar en el planeta. Este orgulloso país quedó a medio camino entre Europa y Asia, entre el norte y el sur, no solo desde el punto de vista geográfico, sino también político y cultural.
 
Esa posición intermedia le ha dado a Turquía el acceso a las tecnologías occidentales y a los mercados orientales. Me quedé impresionado con el gran desarrollo industrial en la parte asiática de Estambul. La urbe cuenta ya con más de 16 millones de habitantes y una zona industrial al este que abarca cientos de kilómetros cuadrados. Allí ha surgido además otro nuevo aeropuerto y gigantescos centros comerciales. A lo largo de cincuenta kilómetros desfilaron frente a mi, numerosos astilleros, industrias metalúrgicas y hasta fábricas de cemento. Al final del camino, en la pintoresca localidad de Izmit, encontré varias plantas de producción de la industria automovilística. En una de ellas yo había venido a trabajar.
 
A espaldas de la crisis que afecta a algunos países europeos, en Turquía la economía se encuentra en una fase de expansión. Claro está que Turquía no es Estambul y aún quedan muchas regiones atrasadas, pero en general se respiran aires de mejoras y euforia colectiva. Muchos de mis colegas turcos en Alemania han regresado a vivir y trabajar en su tierra natal. El sueño de llegar a pertenecer a la Unión Europea ha pasado a un segundo plano. Ahora se trata de seguir levantando al país usando las condiciones especiales como encrucijada geográfica, religiosa y comercial.
—Esta es la tierra del futuro —me dice uno de mis colegas que ha regresado a Turquía—. Aquí tenemos lo mejor de los dos continentes.
 
Ya dentro del mundo laboral supe que por ley en Turquía el empleador está obligado a garantizar el transporte obrero, lo que es un gran beneficio para los trabajadores, para el medio ambiente (disminuye el tráfico), y además aumenta el espíritu de equipo y de pertenencia a una institución. Me asombró que también las compañías deben proporcionar almuerzo gratuito sus trabajadores. Incluso un empleado, pagado por la empresa, nos repartía té, café y agua gratis en las oficinas.
 
Palmas y nieve
Además del reencuentro con la vieja leyenda, tuve una sorpresa durante el viaje. Contra todos los pronósticos, en Turquía hacia más frío que en el norte de Europa. Mientras en Alemania los días del invierno bajo cero ya eran cosa superada, en Izmit me recibió una nevada constante que teñía de blanco ese paisaje subtropical. Así pude acudir a panoramas insólitos, como playas escoltadas por palmeras bajo la nieve o sombrillas de veraneo bajo un manto de hielo. La avenida de entrada a la Planta de Producción parecía salida de un cuento de hadas: pequeñas palmeras blancas de nieve eran escoltadas por cristales de hielo que reflejaban los rayos del sol desde lo alto de las copas de los árboles.
 
Otra escena pintoresca fue una caseta de helados de la cual colgaba un cartel que decía “ICE”, mientras el propio letrero estaba cubierto de hielo.
 
El último día de mi estancia, aproveché el viaje de mi regreso para hacer una breve escala en el centro de Estambul antes de tomar mi avión en el aeropuerto. ¡Por fin pude pisar sus calles y plazas!
 
La vista desde lo alto de las colinas me dejó sin respiración. Por un momento uno se siente el rey del mundo. No es de extrañar que desde aquí emperadores y sultanes quisieran conquistar el planeta.  A mis pies, tenía la parte asiática de la urbe, frente a mí, se extiendía la serpiente del Estrecho de Bósforos y más allá, la parte europea llenaba el resto del horizonte. Pude recorrer de un brochazo todos los edificios, torres, monumentos, puentes y templos que dieron ayer esplendor a Constantinopla y le dan hoy fama mundial a Estambul. Ahora comprendo el orgullo desenfrenado de los turcos: pocas ciudades del mundo le pueden competir en belleza.
 
Otra aventura fue el cruzar el estrecho de Bósforos en el ferry y atravesar en minutos de un continente a otro, rodeado de aquel mar de arquitecturas; monumentales unas, pintorescas otras, inolvidables todas.
 
Cuando caí derrumbado en mi asiento del avión, seguí con la vista fija en la ventanilla. Al levantar el vuelo, antes de que la nave se perdiera entre el colchón de nubes, tuve el tiempo justo para contemplar a lo lejos la silueta azul, serpenteante y difusa del Estrecho de Bósforos.

Febrero 2012