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La ciudad del pecado
Viajar - 19 de octubre de 2011
Escrito por Israel Benavides
 

Me parece que estoy en La Habana. Si no fuera por el largo viaje para llegar hasta aquí, pensaría que estoy en el barrio habanero del Vedado. Me esperan los mismos edificios de apartamentos de los años 50 y 60 con sus balcones abiertos al fresco de la noche, el mismo descuido en las fachadas, y los mismos laureles repartiendo verdor en las avenidas y devorando las aceras con sus raíces. Al igual que en la capital cubana, siento el salitre en el aire denunciando la cercanía del mar inquieto. En las calles impera el mismo reguero de gente a altas horas de la noche, el mismo empuja-empuja para subir a los ómnibus del trasporte urbano y ese desenfado en que el bullicio de tráfico de la madrugada se diluye entre la risa de los transeúntes. Quizás la única diferencia son los imponentes rascacielos que aquí salpican el paisaje, por los cuales aún tendrá que esperar mucho tiempo la geografía cubana.

 

Lo único que no ocurre dos veces es la primera impresión, y esta me ha dejado un sabor antillano. Sin embargo, no estoy en el Caribe, sino al final del Mediterráneo, donde las últimas olas del Mare Nostrum alcanzan las costas del Oriente Medio.

Con su infraestructura moderna, sus playas de clima benévolo y su gente cordial, Tel Aviv es esa ciudad en la cual todos quisiéramos vivir. Si aquí imperaran tiempos de paz, fuera el paraíso terrenal. Ese mismo magnetismo arrastra a los propios israelíes, pues en su área metropolitana vive un tercio de toda la población del país.

Mientras Jerusalén encarna el pasado, Tel Aviv se proyecta al futuro. Junto al Monte del Templo se predican religiones y se cultivan tradiciones. Junto a las playas mediterráneas se practicas deportes y se siembran nuevas costumbres. Similar a Nueva York y Washington, en los Estados Unidos, en Jerusalén se decide la política y en Tel Aviv la economía, por eso han bautizado a esta última como “the Big Orange” en referencia a la “the Big Apple” de Nueva York. No obstante, Tel Aviv ha jugado también un importante papel político. Fue aquí, el 14 de mayo de 1948, donde se proclamó el nacimiento del Estado de Israel. Aquí funcionó la capital provisional hasta 1950, en que se trasladó a Jerusalén. Esta metrópoli dinámica y abierta tiene un gran peso en el mundo judío de los negocios, uno de los más importantes del mundo. En esta Manhattan del Oriente Medio tampoco duerme y el tráfico no cesa las 24 horas. Sin embargo, las cadenas de playas que adornan su litoral le dan un toque de Río de Janeiro con sus mosaicos en la ancha avenida llena de deportistas a todas horas del día. Van trotando, montando bicicleta (uno de ellos era yo), patinando, practicando el surfing y otros deportes náuticos o simplemente jugando básket o voleibol en la arena. Si en algún lugar del planeta se practica en deporte en masa todo el día, es aquí. Aunque nunca puedan organizar una olimpiada, por razones obvias, pocas urbes del mundo están tan impregnadas de ese espíritu de entrenamiento como Tel Aviv.

Contra todos los pronósticos, Tel Aviv no resultó ser una ciudad peligrosa. Por el contrario: muy pocas veces tuve tanta sensación de libertad y seguridad. La criminalidad es mínima y se puede andar a pie o en bicicleta de día y de noche por esta urbe donde la gente es hospitalaria y acogedora en extremo. Quien nos veía por la calle y sabía que éramos visitantes, nos decía entre sonrisas: "Enjoy our city! Have a nice stay here!" Al preguntar una dirección, enseguida surgía una oferte de ayuda. Experimenté esa misma hospitalidad en Palestina, con la única diferencia de que los árabes, como apenas hablan inglés, ayudan al forastero pertrechados con un infinito arsenal de gestos.

También desde el punto de vista psicológico, viajar a Tel Aviv es como viajar a La Habana. Al principio vienen las malas noticias en la prensa y los problemas que afectan el país. Luego, al aterrizar se tropieza uno con gentes amables, lugares bellos y una historia única. Entonces el conflicto del país no deja de estar latente, pero pasa a un segundo plano. Lo más difícil para viajar a un país tan controvertido como Israel es vencer nuestro propio miedo interno y romper la inercia para decidirnos a dar el viaje. Trotamundos al fin y al cabo, pudo en mí más la curiosidad que el miedo.

Luego supe que las semejanzas con La Habana no se limitaban al campo de la arquitectura. En Tel Aviv me encontré una sociedad muy organizada para enfrentar cualquier eventualidad militar o catástrofe natural. Gran parte de la población son participantes convencidos de su causa producto de la formación patriótica en las escuelas, la preparación del servicio militar y la simbiosis del gobierno y la prensa. Existe además en Israel una alta influencia del ejército y los servicios secretos en la vida social.

Al recorrer los muchos kilómetros de playa de Tel Aviv me era impensable imaginar que se trata de un país en guerra. Todo lo que yo veía era gente en short y chancletas caminando por la calle, tomando sol o practicando deportes. Noté muy poco presencia policial y los escasos soldados que pude ver, estaban de pase y venían a la costa a pasear con sus novias. Mientras en Jerusalén los judíos ortodoxos son la regla, aquí son la excepción y son tildados de “pingüinos” por los propios israelíes por su forma de vestir de camisa blanca y traje negro. Parado en aquella arena, se tiene la impresión de que no existe ese conflicto árabe-israelí sobre el cual transmite la radio de medio planeta, que las bombas y los muertos de los noticiarios de TV son un espejismo de los medios de prensa. Apenas a 50 km de la convulsa frontera con Gaza, se vive en un mundo de paz y disfrute como en pocos rincones del orbe.

Dice un proverbio israelí que Jerusalén es la ciudad para rezar y Tel Aviv es para pecar, mientras que la ciudad de Elat, al sur, en las costas del Mar Rojo, es para descansar de ambas cosas. En realidad no les faltan oportunidades a los pecadores en esta metrópolis que alberga la vida nocturna más amplia y variada en todo Israel. Cafés, clubes, bares y discotecas se dan la mano a lo largo de sus bulevares. Es la urbe de los estudiantes y los jóvenes, la Copacabana del Oriente Medio. Aquí conviven tambores africanos y fiestas de hippies, bailes populares rusos y discotecas gais. Hay de todo, incluyendo celebraciones en las sinagogas y multitudinarias fiestas que a ritmo de música electrónica agrupan hasta 10 000 personas en la playa. Cualquier semejanza con Ibiza es pura coincidencia. La también llamada Ciudad Blanca, posee más edificios de tipo Bau Haus que cualquier ciudad alemana, lo que le valió para ser declarada en 2003 Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Su oferta cultural es abrumadora, desde museos de arte moderno hasta festivales de cine, la orquesta filarmónica, numerosos grupos de teatro y el auditorio más grande del país.

Mientras Jerusalén ha sido la perla conquistada por tantos reinos y religiones a lo largo su historia, Tel Aviv ha sido siempre una ciudad marcadamente judía. Durante siglos y siglos por Jerusalén desfilaron babilonios, persas, romanos, árabes, otomanos, cristianos de las cruzadas, jordanos, británicos y hasta las tropas de Alejandro en Grande. Hoy por Tel Aviv pasa otra cruzada de extranjeros, que vienen no como conquistadores, sino como turistas o nuevos residentes, lo que le imprime a la nueva urbe aristas multiculturales.

Como la diáspora judía estuvo diseminada por todo el mundo, trajo a su regreso a la Tierra Prometida las culturas de los países donde convivieron los hijos de Israel durante tantos siglos. Por eso la nueva casa hebrea incluye una mezcla de costumbres y conocimientos adquiridos allende los mares. En esta urbe cosmopolita lo mismo pude ver televisión israelí en ruso, que ferrocarriles alemanes, un sistema de bicicletas compartidas como en Barcelona o cadenas de negocios importadas de los Estados Unidos.

Tel Aviv se considera joven, no solo por su población. En un país tan milenario como la Tierra Santa, una ciudad que apenas ababa de cumplir su primer siglo de fundada se considera un bebé recién nacido. Establecida en 1906, la urbe surgió a raíz de una oleada de emigrantes judíos, en su mayoría desde Europa y los Estados Unidos, que regresaron a Israel a principios del siglo XX por el puerto de Jaffa, al sur de la actual metrópolis.

Lo que al principio era un improvisado campamento de refugiados en las playas del Mediterráneo, se ha convertido en la principal ciudad israelí que ha crecido tanto que abarca hoy también el puerto de Jaffa, el cual, con sus más de tres mil años de historia, ha salvado la reputación milenaria de este nuevo conglomerado urbano que ostenta desde 1950 el nombre oficial de Tel Aviv-Jaffa. Aunque la población municipal no llega al millón, en toda la zona metropolitana viven mas de tres millones de israelíes.

Fundada en7500 a.d.C. Jaffa (Yafo en hebreo) es uno de los puertos más antiguos del mundo. La ciudad estuvo bajo poder egipcio hasta el año 800 a. C. También fue el puerto de entrada para los cedros del Líbano en la construcción del Templo de Salomón y el Segundo Templo de Jerusalén. Siglos más tarde, al reordenarse el Imperio romano, la ciudad pasó a ser parte del Imperio romano de Oriente. Bajo la administración de Bizancio, Jaffa continuó siendo un importante puerto de la provincia Palestina Primera.

Siendo puerta de entrada de la llamada Tierra Santa, Jaffa fue un objetivo del mundo cristiano occidental durante las Cruzadas e importante campo de batalla. En esas playas, donde ahora los jóvenes cantan y bailan, se enfrentaron en 1191 las tropas de las cruzadas bajo el mando del rey Ricardo Corazón de León contra las de Saladino, el sagaz caudillo islámico que supo contener a los conquistadores europeos. Dante más de un siglo, cristianos y musulmanes, reyes y sultanes se disputaron el estratégico puerto.

Como lo recuerda un monumento que pude ver en la avenida junto al mar, por allí mismo desembocó a principios del siglo XX gran parte de la diáspora judía en los días en que Israel era atacado por siete países árabes al mismo tiempo y se libraba la primera guerra al finalizar el protectorado británico en Tierra Santa. Al puerto de Jaffa llegaron pertrechos, armamentos y refuerzos cuando parecía inminente el fin del Estado judío.

Y hasta ese viejo puerto fuimos caminando sin prisa una tarde por todo el litoral. Nos acompañaban la brisa marina y los rayos amarillos previos al atardecer. En Jaffa levanta orgullosa su torre una catedral cristiana, heredera de las cruzadas, para coronarse como punto más alto de esa colina medieval desafiando las mareas. Pisamos los adoquines de esas calles milenarias que subían en zigzag por las laderas y escalamos aquellas pendientes donde las piedras respiran historia. Al llegar a la cima tuvimos como premio un panorama del universo costero. El Sol se reflejaba en los cristales de los edificios junto al litoral y las olas del mar seguían jugando contra los muros de contención de la larga avenida junto al mar. ¡Hasta en eso se me parecía a La Habana!