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Viajar - 09 de septiembre de 2011
Escrito por Israel Benavides
 
3:30 p.m. - Belén, Cisjordania, territorio gobernado por la Autoridad Palestina

—Sí, Cristo y yo tenemos algo en común —me dice con una sonrisa—: los dos nacimos aquí en Belén.
 No hay nada que yo admire más que a una mujer inteligente y con toda seguridad Jamala lo era. Nuestra guía en el territorio palestino era además muy instruida. Me impresionaron sus grandes conocimientos sobre teología y sobre Belén, la ciudad natal del rey David. Además hablaba cuatro idiomas: árabe, hebreo, inglés y alemán.
Madre de dos niñas, como luego supe, escondía sus ojos negros detrás de sus amplias gafas de sol que bajo techo usaba como cintillo para amoldar su abundante pelo oscuro. Estábamos haciendo una pausa en una tienda de recuerdos en las afueras de Belén, y mientras algunos del grupo iban de compras, yo aprovechaba para saber más sobre la vida de los palestinos.
Yo aún no había salido del impacto que me causó el cruzar la muralla israelí, por eso enseguida abordé el tema de la vida “detrás del muro”.
—Es como vivir en  una gran cárcel. —me aclaró— Ya que los autos israelíes no pueden circular por aquí, ni los palestinos por allá, todo, absolutamente todo, se lo tenemos que comprar a los judíos, que son los que fiscalizan qué es lo que entra a los territorios palestinos. Es vivir rodeados y arriba de eso depender para todo de tu propio enemigo. Esto es un gueto como los que había antes en Sudáfrica. Se parece al apartheid porque para ellos hay desarrollo y democracia, pero para nosotros todo es limitaciones, controles y opresión. Israel se llena la boca para decir que son la única democracia del Oriente Medio, pero es un país que, en lugar de constitución, lo que tiene son los mandamientos de la Torá judía. Es decir, que en realidad es un Estado fundamentalista que discrimina a los que no profesen el judaísmo. Por otro lado, cuando ahora en Egipto el pueblo ha pedido la democracia en la Plaza Tahir, el gobierno israelí se puso del lado de Mubarak, sabiendo que era un tirano corrupto. Es decir, aunque un dictador robe y torture, ellos lo apoyan siempre y cuando le mantenga la frontera cerrada para que no entren extremistas a la Franja de Gaza.
—¿Entonces el muro no ha traído nada bueno?
Jamala se pone pensativa y toma un sorbo de té antes de seguir hablando.
—Es verdad que desde que se construyó el muro han disminuido los atentados terroristas, pero estamos pagando justos por pecadores. El turismo en Belén ha mermado mucho y esa es la principal fuente de ingresos de la ciudad. La ciudad se ha opacado a ojos vistas y el futuro parece ser más sombrío aún. Yo hubiera querido poder trabajar como guía turística en Israel porque en Palestina los salarios son muy bajos, pero mi título de aquí no me lo reconocen allá. Muchos aquí tratan de emigrar y creo que al final para los propios israelíes el muro va a resultar contraproducente. Antes de que nos rodearan con esa muralla, los árabes cristianos éramos más del 60 % de la población de Belén. Ahora se están yendo los cristianos y la mayoría de la población vuelve a ser islámica. La situación creada por ese muro a largo plazo conspira contra los propios israelíes. La gente está desesperada sin empleos y viven hacinados. Eso le facilita mucho a Hamas y otras organizaciones extremistas el reclutar simpatizantes para ejecutar actos terroristas.
—Qué triste destino para la ciudad natal de Jesús — le comenté.
—Bueno, dentro de todo este dilema somos privilegiados —me corrigió Jamala—. Aquí al menos nos queda algo de turismo y vienen representantes de la iglesia de vez en cuando, por lo que la ciudad no se ha estropeado del todo. En la Faja de Gaza sí que están mal. Allá hasta bombardea la aviación israelí cada vez que los extremistas hacen un atentado. Están bajo un bloqueo virtual por tierra, mar y aire. Tienen incluso un aeropuerto, el “Yasser Arafat”, pero los israelíes no le permiten usarlo. Como Gaza no se autoabastece ni de agua ni de electricidad, el suministro proviene de Israel y es suspendido cada vez que ocurre un altercado político. Es decir, que no es una ayuda, sino un instrumento de control y chantaje. A veces se tienen que pasar semanas enteras sin agua. Me imagino las dificultades de las amas de casa allá para poder cocinar y lavar.
—Por cierto, ¿cómo logró usted sobreponerse en una sociedad tan machista y estudiar en medio de tantas adversidades? —me asombró que ella pudiera haber triunfado en semejante ambiente. Para ser una profesional tuvo que romper la barrera del conflicto político-religioso y además imponerse pese a ser mujer.
—No fue nada fácil, pero tampoco tan imposible como pudiera parecer. Soy una cristiana convencida, por eso para mí el estudiar la Biblia no ha sido una obligación, sino un placer. Las que sí lo tienen muy difícil son las mujeres en las familias islámicas dentro y fuera de Palestina. Como yo vengo de una comunidad cristiana, la posición de las mujeres no es tan desigual como en las familias musulmanas o incluso dentro de los propios judíos ortodoxos, que también discriminan mucho a la mujer. Hoy en Jerusalén ustedes pudieron ver que hasta para el Muro de los Lamentos los judíos tienen dos zonas separadas. La parte amplia y grande con aire acondicionado es para los hombres. La otra pequeña y a la intemperie es para las mujeres.
—Y, aparte del turismo, ¿no tienen otras fuentes de ingreso? Los israelíes recogen millones de dólares de los judíos en los Estados Unidos y en Europa —le dije a modo de comparación—. ¿Ustedes no reciben ayuda de otros países árabes?
—Aquí no tanto. Como somos árabes, pero cristianos, apenas nos llega ayuda de Arabia Saudita, Kuwait o los otros países árabes petroleros. Viene algo de las comunidades cristianas de Europa. Aquel edificio grande que está al doblar la carretera con varios pisos de parqueo y un centro comercial lo hicieron los canadienses y al frente se está construyendo un hotel financiado por los italianos, aunque ahora con la crisis se ha parado la obra. También las iglesias y comunidades cristianas aportan algo para mantener sus templos.
Entonces no puedo evitar hacerle la pregunta clave de mi viaje.
—¿Cree usted que se pueda lograr la paz entre los israelíes y los palestinos?
—Sinceramente no —Jamala me señaló al horizonte—. Esa muralla que han levantado a todo lo largo de las colinas es como ponerle una tapa a una olla con agua hirviendo. Más tarde o más temprano la presión del vapor va a hacer volar la tapa por los aires. La única forma de lograr la paz es “apagando el fuego que calienta esa olla”. Necesitamos un acuerdo duradero que sea aceptado por ambas partes, pero es que ni entre los mismos árabes ni entre los judíos se acaban de poner de acuerdo. Mientras tengamos judíos ortodoxos de un lado y fundamentalistas islámicos de otro no creo que se pueda lograr mucho. No obstante, yo soy católica, apostólica y romana, por eso tengo fe cuando le pido paz en mis plegarias al Señor. Quizás mis hijas puedan ver ese acuerdo de paz algún día.

continuará...