Publicidad
Publicidad
Las Vegas en árabe
Viajar - 07 de mayo de 2011
Escrito por Lalo de la Vega
 

Todavía no sé si lo estoy viviendo o lo estoy soñando. En todo caso lo estoy disfrutando. Me parece estar flotando en el azul. Desde mi elevado punto de observación en el restaurante tope del Burj Al Arab nada parece imposible. Al noreste tengo a mis pies el zigzag de arena de las playas de Dubai, cuya coronación es la silueta del Jumeirah Beach Hotel. Este edificio, una ola que reposa ondulante sobre las arenas del Golfo, fue el pionero del desarrollo turístico del emirato.

Si miro en dirección al mar, tengo delante de mí a The World, un conjunto de islas artificiales que por sus contornos repiten al mapamundi. Esos terrenos conquistados al océano pensaban ser vendidos a clientes exclusivos, para construir allí sus residencias sobre playas privadas a las cuales solo se puede acceder por yate o por helicóptero. Sin embargo, aunque los islotes ya están listos, no se observan ningunas construcciones ni obras en ellos. Parece que los caudillos árabes no han podido reunir la masa crítica de millonarios para llevar a cabo este extravagante proyecto.

Al suroeste sigue la hilera de playas encabezadas por el Madinat Jumeirah, otro complejo hotelero de la misma cadena cuyo dueño es el jeque Mohamed, que gobierna Dubai y sigue la política de hacer de su emirato un polo turístico. Finalizado en 2003 este conjunto alcanza las dimensiones de una pequeña ciudad junto al mar. Construido en la arquitectura tradicional, recuerda los primeros asentamientos de Dubai, con sus torres de viento, almenas en las terrazas, pérgolas en los patios y techos de madera en las callejuelas de los bazares. Entre los edificios serpentea un laberinto de canales salpicados con palmeras, puentes y flores. Este jardín encantado junto a la playa parece salido de Las mil y una noches para servir de contrapeso a la Marina Dubai, que queda en el otro extremo de la larga estela de arena. El contraste no pude ser mayor, pues en la marina las construcciones ultramodernas desafían al cielo con un atrevimiento sin igual. No son simples torres rectas, prácticas y herméticas. Allí se observan edificios de líneas en espiral, fachadas torcidas, superficies elípticas y techos curvos en posiciones impensables.

Como si todo fuera poco, observo al oeste la Palm Island. Esta península artificial en forma de palma datilera es la primera de tres que los jeques de Dubai planearon construir junto a la costa. Sin embargo, no se ha terminado de construir del todo y los otros dos proyectos de islotes similares han sido paralizados, pues el emirato fue fuertemente golpeado por la crisis financiera e inmobiliaria de 2008.

La palma está unida a tierra por autopistas y un monorraíl, que ya está en servicio, aunque conduce a la nada pues sus estaciones aún no estén terminadas y no tiene siquiera conexión al metro. Esa mentalidad de “haz primero y piensa después” es lo que los ingenieros occidentales tanto les critican a los caciques locales. Al final de la palma, casi enterrado en el azul del golfo se alza pontón rosado del Atlantis. Este hotel, también del grupo Jumeirah, recuerda una leyenda árabe con sus formas orientales. Da la impresión de que en cualquier momento puede salir Aladino con su Lámpara Maravillosa caminando por uno de los misteriosos pasillos. Los interiores están adornados con espesas alfombras orientales, fuentes con perlas y conchas gigantes. En su centro comercial, un acuario de varios metros de altura imita el hundimiento de la Atlántida frente a los visitantes que se quedan boquiabiertos.

Junto al Atlantis un nuevo parque acuático demuestra cuán lejos está dispuesto a llegar Mohamed con tal de atraer turistas. Basta imaginarse una isla artificial en el medio del mar, un lago artificial en esa isla, una montaña dentro del lago y dentro de esa montaña un túnel por el cual los bañistas se pueden deslizar a toda velocidad dentro de chorros de agua dulce.

Suena a locura, pero aquí es normal.

Sin embargo, el maravilloso paisaje no puede competir con el lugar donde me encuentro. El Burj Al Arab o Torre Árabe se ha convertido en el símbolo de Dubai, el lugar donde todo visitante quiere ir. Alrededor de esta torre flota un aura de fascinación y leyenda. Es, para resumir, lo que todos los demás hoteles quisieran ser.

El primer hotel siete estrellas del mundo, y uno de los lugares más lujosos y originales del planeta, fue mandado construir también por el jeque Mohamed, que buscaba un imán inconfundible para potenciar el turismo en Dubai. Construido sobre una isla artificial para festejar la llegada del nuevo milenio, este rascacielos de 321 metros es el hotel más alto del mundo con una pista para helicópteros flotando en su tope. En su construcción no se escatimaron ni esfuerzos ni dinero. Todo debía ser deslumbrante, único y espectacular. Aquí se trajeron sedas de Irán, porcelanas de China, tapices de Persia, granito de Brasil, mármoles de Italia y, por supuesto, oro de Arabia. Su silueta semeja la gigantesca vela de un barco hinchada por la brisa del golfo.

El proyecto ingenieril sin precedentes de construir un rascacielos dentro el mar, representó todo un reto a la estática de la construcción civil y naval. El restaurante Al Mutanna, donde estoy almorzado hoy, tiene apenas un punto de apoyo en uno de sus lados. Tres de sus cuatro paredes son de cristal sin soportes y se abren suspendidas en el cielo a 200 metros sobre el mar. Para lograr ese efecto de flotación, hubo que aplicarle un complicado sistema de vigas radiales de aluminio, las cuales quedaron luego disimuladas dentro de la decoración del local. Aquí se llega por un sofisticado elevador de paredes de cristal, que de forma inexplicable se mantiene adherido al pilón centrar de concreto del edifico para penetrar precisamente por el centro de gravedad de la estructura del Al Mutanna. El servicio excelente combinado con la alta cocina, y valga la redundancia, se encargan del resto. De noche, un espectáculo en el que se suceden chorros de agua y fuego a las puertas del hotel le hacen competencia a la iluminación cambiante de la gran vela de la fachada. Mientras tanto, en el interior del Burj Al Arab numerosas fuentes realizan impresionantes coreografías para lanzar chorros de hasta 30 metros de alto junto a las peceras del lobby más alto del mundo.

Sin embargo, en un lugar tan dinámico como Dubai, ya el Buró Al Arab se considera un edifico “tradicional” o en el mejor de los casos, “clásico”. Igual suerte corren las Emirate Towers, un complejo de 2 rascacielos triangulares, unidos en su base por los lujos de un centro comercial y una sala de congresos. Su apertura causó connotación a principios del siglo XXI, pero sus atrevidas líneas ya han sido opacadas por las nuevas arquitecturas, cada vez más altas y desafiantes que aparecieron como hongos bajo la lluvia a lo largo de la Sheikh Zyed Road. Apenas han transcurrido ocho años desde mi primera visita a Dubai, pero me he encontrado otra ciudad. Aquí todo es fachada, y esa fachada cambia día a día. En estas Vegas del Golfo Pérsico es normal que surjan grandes complejos turísticos en medio del polvo del desierto. El panorama se transforma a ojos vista y lo que es hoy arena, mañana puede ser un campo de golf, un centro de recreo o un grupo hotelero.

Otra de las maravillas surgidas de la noche a la mañana es el metro de Dubai con sus trenes completamente computarizados, diseños de ciencia ficción en las estaciones sobre tierra y lámparas de fibras ópticas en sus vestíbulos subterráneos, que mas recuerdan a un hotel cinco estrellas que al transporte masivo.

Así también ocurre con el Mall Emirates, un centro comercial con una pista de patinaje a -4 oC construido en pleno desierto. Hoy basta salir del metro y caminar por un largo puente aéreo para llegar a lo que es algo así como el congelador más grande del planeta. Adentro hay que portar gruesos abrigos, aunque afuera impere el implacable sol de Arabia.

En el mundo islámico el juego está prohibido, pero en la Perla del Golfo existen casinos en los hoteles y, al igual que en Las Vegas, se ha desarrollado la “industria de las extravagancias” para atraer turistas. Las similitudes sobran. Así tenemos un edifico en forma de pirámide, parques de atracciones, conciertos de artistas famosos, eventos deportivos intencionales y shopping, shopping, shopping… El consumo parece haberse apoderado de la ciudad. Todo es compra-venta. Un centro comercial sigue al otro y una nube de tiendas pulula por toda la urbe vendiendo las más impensables mercancías. Existe dos veces al año hasta un Shopping Festival, rebautizando a Dubai por “du buy” (¡compra!). Y la promoción parece funcionar, pues aquí la oferta es más variada que en los demás países del Golfo y más barata que en Europa, por lo que vienen en masa clientes de África, Asia y Europa a estos maratones del consumismo.

Junto a uno de los centros comerciales más grandes, el Mall Dubai, se alza el actual rascacielos de moda: el Burj Khalifa, la Torre del Califa. El edificio más alto del planeta abrió sus puertas en enero de 2010. Previamente la torre se iba a llamar Burj Dubai, pero producto de la crisis financiera global, el jeque Mohamed de Dubai se vio sin fondos para terminar de construir su obra maestra. Entonces tuvo que recurrir a la ayuda del Califa de Abu Dhabi, el más rico de todos los Emiratos Árabes y dueño de grandes reservas petroleras. La condición para ese favor fue el cambiarle el nombre al edificio. A golpe de millones, el jefe del otro emirato cosecharía parte de las glorias de este monumento que los caudillos árabes se erigían a ellos mismos.

Los jardines en la base la torre recuerdan las siluetas de una flor del desierto de seis puntas. Tres de eso pétalos se convierten en edificio para elevarse al cielo 210 pisos y alcanzar una altura total de 828 metros. Eso hace que el Burj Khalifa sea mucho más alto que cualquier otro rascacielos, torre o antena de TV. Es la estructura más elevada que haya construido el hombre jamás, y la ventaja tan grande que tiene sobre sus competidores hace pensar que mantendrá su título por un buen rato.

Llegamos a su plataforma de visitantes a 452 metros de altura. Estamos en el observatorio al aire libre más alto del mundo. Desde el piso 124 hasta los rascacielos circundantes me perecen diminutos vistos desde arriba. Me cuesta trabajo creer que donde está hoy el lago artificial junto al Burj Khalifa todo era arena apenas tres años atrás. Igual que en la capital del estado de Nevada, en estas Vegas árabes también hay grandes fuentes con espectáculos de agua, luz y música. El show se repite cuatro veces por noche. Vistos desde lo alto del rascacielos, las fuentes parecen fuegos artificiales de agua, un deleite de rayos láser en la inmensidad de la noche. No obstante, al disfrutar de la función al pie del lago es cuando puedo apreciar la grandeza de las fuentes, la majestuosidad del escenario, la altura de sus surtidores, las innovaciones técnicas para que los enormes chorros bailen al son de la música, y durante unos minutos dejen hipnotizada a la multitud que acude todas las noches a ver la magia del ritmo y la creatividad. Son momentos indescriptibles en los que el agua escribe poesía. Es un espectáculo tan fabuloso que no sé si lo estoy viviendo o lo estoy soñando. En todo caso lo estoy disfrutando… y mucho.