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Mara Torreblanca
Opinión - 19 de enero de 2018
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Modula un tono de voz exquisito, su dicción es perfecta y en ningún momento se quiebra su discurso.

 

Este es el rostro de Mara Torreblanca a los seis años, una niña tutelada y preciosa. Maltratada desde que recuerda, sin una infancia real. No le contaron cuentos ni soñó con princesas. Enfrentada a la vida desde el lado más duro, sobrevivió en la calle junto a sus hermanos hasta que fueron recogidos por una famila. Su madre había pedido ayuda a los servicios sociales, pero nadie hizo caso. Nada. Mara fue tutelada a los seis años. Ingresó en el centro de acogida de Hortaleza de forma temporal para ser destinada al centro de Tielmes, donde una monja la maltrataba. Y de allí, tras dos años infernales, pasa a una familia de acogida. De nuevo otro cambio, camino del centro El Encinar. Separaron a los hermanos rompiendo el único vínculo que les quedaba, y Mara fue trasladada a un centro de Nuevo Futuro situado en Usera, donde los educadores ejercían un maltrato psicológico maquiavélico.

-"Tu madre no te quiere, nadie se preocupa por ti, estás sola en el mundo", eso nos decían, provocando una euforia inmediata que contenían retorciendo el brazo por detrás, emprotrándote contra la pared, o tirándonos al suelo. Nos metían en una habitación blindada, sin ningún tipo de ventilación, y allí te dejaban. Les daba igual que te mearas encima.

En aquella habitación no había nada, era un espacio completamente vacío. Los educadores provocaban la agresividad de los menores echando pulsos emocionales con intención de desatar una violencia inmediata con la que jugar. Una educadora golpeó a Mara en la cabeza con un frasco de suavizante.

-Nos escupían en la cara.

Durante un campamento de verano, uno de los educadores abusó de Mara. Se puso una orden de alejamiento. Mara era una niña triste que escapaba constantemente de los centros.

-Me fugaba para ir con mi peor enemigo: Mi padre. Prefería cinco minutos malos que seguir en los centros. Nunca pude centrarme en los estudios, era imposible, en clase no me enteraba de nada, estaba en otro mundo. Emocionalmente estaba reventada.

A los trece años, tras la última fuga, la meten con engaños en un avión con destino a Málaga: El psiquiátrico, donde pasó tres meses.

-En los centros me daban medicación alta y baja, para tenerme completamente atontada. Cuando escapaba, mi madre me devolvía al centro. ¿Infancia?. Yo no sé lo que es eso. No he tenido vida.

Ha intentado suicidarse en más de seis ocasiones sin que existiera una ayuda médica real, seguimiento, tratamiento, contemplación, interés por su persona. El Estado extendió todo su menó represivo para una criatura que empezó a padecer su propia desestructura desde los seis años.

-Y me dejaron tirada, sin tener adónde ir. Trabajaba en lo que podía, careciendo de los más elementales referentes.Nadie se preocupó nunca de mis estudios, nadie pensó qué podía ser de mí. Trabajaba en hoteles, limpiando. Me he criado en la calle, esa ha sido mi escuela. La calle te enseña mucho.

Se agarraba a un palo ardiendo en busca de amor, el amor que nunca tuvo y creía poder encontrar en algún hombre que la respetara. Le habría gustado estudiar Derecho.

Mara tiene ahora 28 años y cuatro hijos. Tres de ellos retirados por los servicios sociales, que han repetido el patrón. ¿Dónde está la ayuda?. ¿Cuales son los efectos de esa tutela que se aplicó en Mara a los seis años?.

-El 5 de julio de 2012 se llevaron a tres de mis hijos. Nadie me avisó. No hubo una sola carta o notificación. Durante algún tiempo pude tener visitas, y aquello era horrible. No me dejaban mostrar el mínimo cariño hacia ellos, y después dijeron que no había apego. Actualmente no sé nada de ellos.

Sin embargo, vive con el pequeño de cuatro años, que -por ahora- parece no estar en peligro. Cualquier actuación por su parte será juzgada administrativamente en manos de los servicios sociales, que jamás contemplaron el clima moral del asunto, y a los hechos me remito. Interés superior del menor para un ser inferior, catalogado de antemano. Mara intenta escribir su propia historia, sin duda de utilidad social, aunque las heridas son muy profundas. Dice sentir rabia y odio. Pese a todo, no está encanallada, conserva una dulzura extraordinaria y sueña con una vida estable. La que nunca tuvo. Sobre Mara se sembró la miseria, el abandono, el infortunio y el desamor. Yo le deseo una gran torre blanca, un lugar en el mundo donde vivir dignamente rodeada de sonrisas. Que nadie la escupa en la cara. Jamás. Que nadie ose lanzar la primera piedra ante una mujer joven cuya infancia robada quebró su adolescencia, y cuya juventud se cuestiona a la primera de cambio. Cambien ustedes, señores de la administración, porque el daño causado es ya irreparable.