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La memoria de Peña Grande
Opinión - 25 de abril de 2017
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

"Hemos tenido un hijo y nos lo han quitado, venimos de Peña Grande". Eran dos adolescentes. Lloraban, se apretaban los pechos y caminaban con las piernas muy abiertas debido a la hemorragia post parto.

 

Las perdí de vista, quizá porque no tenía un punto fijo donde mirar: Había perdido el norte y estaba perdiendo la vida. 1975, adoratrices de Padre Damián. Peña Grande. Escuché ese nombre por primera vez, completamente aterrorizada. Pocos días después, me autolesioné. Era la única forma de protesta posible desde aquel silencio impuesto: "No llores más, si lloras más de tres días, te meten en el manicomio". Entré en el lavabo. Me golpeé los pómulos de la cara una y otra vez. Ni siquiera sabía que otras también lo hacían, aunque en distintas partes del cuerpo. Desperté con forma de monstruo violeta. Mi rostro era una ofensa: Sí, soy yo, desde el silencio me rebelo contra esta masacre, insisto en mi nombre, en lo que de mi identidad queda, y sigo pensando. Eso decía mi cara. Y por la jeta lo hice, hasta que dejé de llorar. El dolor corría por dentro como una serpiente venenosa, la peor de todas.

Peña Grande. Peña Grande. Peña Grande. Tan grande como mi recuerdo, que puedo visualizar sin esfuerzo. Tenía que contarlo, y no sabía cómo. Nadie me creería. Nadie me ayudaría. Casi cuatro décadas después, sin nada, desde la más absoluta soledad, empecé a trabajar. Aquellas dos muchachas perseguían mi memoria con insistencia. Ellas y el doctor Vela, que daba clases de auxiliar de clínica en el reformatorio de Padre Damián. Le veía todas las tardes con su bata blanca. Escribí (al principio sin título) mi propia historia. Opté por no querer protagonizarla, tenían que aflorar todas. En 2011, la aparición de Patricia Morini en facebook fue un regalo del cielo que basaba el pasado. Ella había nacido en Peña Grande, y yo, desde Austria, donde entonces vivía, tiré de un hilo maldito: Peña Grande, el reformatorio de madres solteras en manos de las Cruzadas Evangélicas. Nada en las redes. Ni una sola mención en parte alguna. Un lugar infernal donde se robaron bebés y se maltrató a las madres. Nada sobre los reformatorios dependientes del Patronato de Protección a la Mujer. Todo era asunto mío.

Dejé de estar sola cuando me encontró Patricia Morini. Casi de inmediato, apareció Icíar del Salto, ex interna de Peña Grande, y ella me condujo hasta Chus Gil, creadora de la página del Prenventorio de Guadarrama. Tres joyas que me acompañaron en este largo camino que todavía perdura y patearemos hasta el final, desvelando todos los secretos del jardín.