Publicidad
Publicidad
El Foca y Peña Grande
Opinión - 25 de marzo de 2017
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

El 3 de diciembre de 1983, el nombre de Julio González Pedrera aparece en las noticias de El País, enmarcado en una crónica de sucesos. Ese es todo su rastro. Hasta hoy, cualquiera que busque información al respecto, sólo encontrará la muerte de Julio enmarcada en una colisión que tuvo lugar en el centro de Madrid. Como en aquellas antiguas películas españolas de los 80, los perros callejeros de José Antonio de la Loma, que eran de carne y hueso.

 

Y a Julio se le conocía como “El Foca”, debido a un colmillo sobresaliente que marcaba su boca. Aquella fatídica noche, “El Foca” conducía un Seat 124. Al parecer, dicho vehículo había sido robado. Se le nombra como “presunto delincuente”, y sí, lo era. Cayó atrapado en la droga cuando la heroína hizo estragos. El vehículo donde se encontraba “El Foca” fue objeto de una persecución policial. Se saltó todos los semáforos rojos hasta alcanzar 120 Km por hora, embistiendo a un coche de alta gama, nada menos que un Jaguar. La noticia afirma que Julio “El Foca”, conducía el Seat 124, hecho que nunca quedó muy claro. Su compañero huyó, y “El Foca” ingresó cadáver en el hospital. Tenía 21 años.

Para Marieta -su sobrina- él era un verdadero referente. Lo adoraba. Vivieron todos juntos en una casa baja del barrio de Peña Grande (Madrid). Debido a la vida disipada de su tío, lo echaron de casa, y dormía en cercano lugar deshabitado. Todas las mañanas, su abuela colocaba dos billetes de cien pesetas para que “El Foca” tuviera para un bocadillo. Sin embargo, el 3 de diciembre de 1983, aquellas doscientas pesetas estaban en la ventana. No pudo recogerlas. Había muerto. Y fue su sobrina, Marieta, quien recogió sus escasas pertenencias -que todavía conserva- y entre ellas, los dos billetes.

Tres años antes, y en el mismo periódico El País, también enmarcando una crónica de sucesos, el 2 de noviembre de 1980, la periodista Ángeles García informaba del incendio en la llamada Maternidad de Peña Grande, reformatorio para madres solteras dependiente del Patronato de Protección a la Mujer. “Maternidad de menores”- señalaba. El fuego afectó a 115 niños y 168 mujeres. Toda la vecindad se volcó, ayudando a evacuar a madres y niños. Uno de ellos fue “El Foca”. Pocos días después, el 9 de diciembre, se produjo un nuevo incendio. Dos en un espacio de siete días. Ambos fueron provocados por madres a las que les habían robado sus hijos, aunque ello se supo treinta y dos años más tarde tras la publicación de la obra “Las desterradas hijas de Eva”, donde se denuncia públicamente el robo de bebés en esa “Maternidad”, los malos tratos, la explotación laboral e incluso trata de blancas en manos de las monjas que dirigían el centro. No sabemos con exactitud en cuál de los dos incendios “El Foca” estuvo rescatando madres y bebés del fuego, pero en uno de ellos, conoció a una interna con la que vivió una historia de amor. La chica ya tenía una hija, y quedó embarazada de él, hecho que la convertía en “reincidente”.

Marieta, sobrina de “El Foca”, cuenta que se presentó la madre de la niña, cuyo nombre no consigue recordar. Una visita rápida que el tiempo se encargó de difuminar, aunque nunca en el recuerdo de Marieta, que busca a su prima hace seis años, desde que las redes se inundaron de referencias y Peña Grande ya no era un centro de madres olvidadas. Desde entonces, nuestra Marieta González Pedrera (nuestra, y digo bien, porque lo es), se unió a la causa de estas madres olvidadas en busca de su prima. Acude a todas las reuniones, concentraciones, manifestaciones y actos. Por ello, valga este homenaje al Julio González Pedrera, con todos sus defectos y efectos, con todas sus penas y alegrías, aciertos y errores, y a Marieta, su sobrina, que continúa buscando a esa madre y a esa niña. Cualquier dato será de gran ayuda. Buscamos a una ex interna de Peña Grande, año 1980, que vivió el incendio. El fuego sobre el que otro fuego del corazón, que provocó una historia de amor entre ella y “El Foca”, cuyo amor extiende desde aquí nuestra Marieta, que no dejará nunca de buscar a esa niña y su madre, como extensión a la memoria de un hombre que jugó fuerte, apostó duro y cayó, como muchos, atrapado en su propia historia a los 21 años.