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Fue un accidente
Opinión - 21 de marzo de 2017
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Hasta no hace tantos años, las mujeres teníamos que acudir a comisaría con la tripa abierta y un ojo colgando para que los malos tratos se admitieran como tales. Los psicológicos no se contemplaban ni por asomo.

 

¿Que tu marido te llamaba puta, zorra, guarra a medio centímetro del rostro...? era "tu marido", y sobre semejante posesión personal y documental, todo parecía normal. España necesitaba muertas. Cuantas más, mejor. Muertas de miedo, de hambre, de pánico, de vergüenza, de pena, de estupor... hasta morir físicamente en manos de un asesino: marido, pareja, compañero sentimental o amante ocasional. Sobre miles de cadáveres femeninos se empezó a reaccionar. Y exactamente lo mismo sucedió con el tabaco. Necesitaron muchos muertos de cáncer pulmonar para colocar en los paquetes frases e imágenes determinadas que indican con absoluta claridad que la nicotina puede matarte. Sin embargo, ahí está, al alcance de cualquiera y en todos los estancos. No es una comparación odiosa, sino dolosa. Con la muerte de mi amiga -asesinada a manos de su marido- aprendí muchas lecciones. La primera, que no existe patrón. Puede ser cualquiera. Quien menos imagines, el que parece mejor, el más leal, el fiel... intenta separarte y verás su lado oscuro. No le prometas a nadie que estarás a su lado todos los días de tu vida y hasta que la muerte os separe. No lo hagas, porque nunca sabrás a ciencia cierta si es capaz de matarte. No permitas el primer grito ni perdones jamás una hostia. Lárgate en el acto, con lo puesto. Corre, calle arriba o abajo, pero siempre camino de la comisaría más próxima. Denuncia. No le temas. Que no te cause la más mínima compasión ni una sola de sus lágrimas, cuando con las tuyas se han llenado tres piscinas enteras en ese "hogar" que nunca tuvo nada de "dulce".

A mi amiga la mató su marido, y después, él se suicidó. Con semejante acto se cubren las tumbas de esos asesinos como si de una redención se tratara: Mátate tú, criminal. Mátate tú primero. Es el punto final de la cobardía más repugnante, porque -al final de la historia- "papá nunca mató a mamá, papá no era un asesino, todo fue un accidente, lo hizo sin querer, y estaba tan asustado, tan arrepentido, y la quería tanto, que decidió suicidarse antes de vivir sin ella".

Ese discurso infantil parte del adulto. Nadie quiere una mujer asesinada por su marido. Son cosas "de familia". Todos se cuestionan si se pudo hacer más, o simplemente "algo".

Y ellos -los adultos- afirman "que fue un accidente, y la verdad no la sabremos nunca". Aunque la verdad sea que papá era un asesino, un criminal, un bestia. Borracho, drogado, bajo los efectos y afectos que me tienen sin cuidado, puesto que nadie del entorno familiar se ocupó de cuidarla. Papá mató a mamá, y el cuento no se ha acabado.