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Robo de bebés y esterilizaciones en Suiza hasta 1972
Internacional - 05 de septiembre de 2014
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Podría tratarse de un entramado internacional contra el eslabón perdido. Los “motivos” se repiten, tanto en Irlanda como en España, y también en Suiza. De 1942 hasta 1981, miles de adolescentes fueron encerradas en Hindelbank, una cárcel situada a pocos kilómetros de Berna. Por malas estudiantes, rebeldes o discolas –calificativo que se repite una y otra vez en los expedientes del Patronato de Proteccción a la Mujer- .

Se trataba de excluír a las que no encajaban con el patrón moral suizo, instaurado en 1942. Sus leyes morales, añadidas a una serie de normas federales, no fueron revocadas hasta 1981. Unos diez mil hombres y mujeres fueron encarcelados sin juicio alguno. Por salir de noche, escapar del hogar familiar, manifestar sus deseos de independencia, beber alcohol, desobedecer, o quedarse embarazada. El encierro se realizaba bajo detención administrativa, y sin haber cometido delito alguno. Ese concepto permitía encarcelar, sin más, a cualquier menor que pensara por sí misma. Suiza, ese país modélico, ejemplo de convivencia y civismo, riqueza, organización y bienestar, asume su verguenza. Eveline Widmer-Schlumpf, ministra de Justicia, reconoce que las víctimas detenidas por cuestiones supuestamente morales, fueron encarceladas sin proceso legal, y pide perdón por el daño causado. Un grupo parlamentario trabaja en la elaboración de una ley que permita indemnizar a las víctimas.

“Fue un capítulo oscuro en la historia de Suiza, y tan sólo estamos en el principio del proceso”, afirma el parlamentario Paul Rechsteiner, admitiendo que la aprobación de dicha norma no será fácil.

Las víctimas empezaron a hablar en 2009, con la publicación del libro “Encerrados” (Weggesperrt), del periodista Dominique Strebel. “Era una sociedad con temor al cambio”, afirma Strebel. “Intentaron estrechar la moral conservadora castigando los comportamientos que iban en contra de las convenciones de la época”. Con ello, Suiza se ha enfrentado al pasado más lúgubre de su historia reciente. Las similitudes con las Hermanas de la Magdalena irlandesas y los reformatorios encubiertos en manos del Patronato de Protección a la Mujer en España resultan reveladoras. ¿Era un sistema europeo?... ¿Existía un método oculto para reeducar menores bajo sistemas penitenciarios no reconocidos oficialmente?... ¿El robo de bebés era una práctica tan habitual como consentida?...

Ursula Biondi tenía 17 años cuando ingresó en Hindelbank. Su novio, divorciado, contaba entonces 24. En aquella época, un divorciado estaba obligado a esperar tres años para poder casarse, y el concubinato era ilegal. Ursula huyó a Italia con él. Estaba embarazada de cinco meses. Fue detenida –según las autoridades, para protegerla- y llevada a Hindelbank, donde estuvo presa más de un año, trabajando doce horas diarias en la lavandería sin cobrar salario alguno y sin saber cuándo podría salir. Allí, las sometidas a detención administrativa eran tratadas exactamente igual a las otras presas; vivían junto a delincuentes violentos y asesinos. Con todo, los condenados por la justicia gozaban de grandes privilegios: Cobraban por su trabajo y sabían el tiempo de permanencia, además de tener derecho a un recurso de apelación. Sólo se distinguía a unas y otras por el color del uniforme: Azul para las delincuentes y marrón para las de detención administrativa. Ursula Biondi dio a luz en la cárcel, y diez días después se llevaron a su hijo. Pasó todo ese tiempo gritando e intentó suicidarse varias veces. Tres meses más tarde, le devolvieron a su hijo. Las demás no tuvieron la misma suerte, puesto que además de quitarles a sus hijos, fueron esterilizadas.

Los padres de las menores pagaban una mensualidad por el internamiento de sus hijas: 5.400 € por cada diez meses de estancia.

El 90% de los internos eran hombres, sin embargo, son -en su mayoría- las mujeres quienes han hablado del horror vivido en Hindelbank. Ursula Biondi es una gran excepción: Se casó y ha desarrollado una importante carrera como formadora en organizaciones internacionales. La mayoría de los reclusos acabaron sobreviviendo en las calles, víctimas de alcohol o drogas. Sin embargo, Ursula afirma haberse sentido como basura durante más de treinta años, en los que se sucedieron varios intentos de suicidio, depresiones, procesos de bulimia aguda y una extrema sensación de rabia y soledad. De nada le sirvieron las terapias, y cuando contaba su historia a alguien, no la creían.

Suiza no tiene –todavía- una ley de la memoria histórica. Y le hace mucha falta.