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Matrimonio gay
Editorial - 25 de enero de 2011
Escrito por Pere Borràs
 

Es el uso, y no la etimología, lo que da significado a las palabras.

Basta, para darse cuenta de los prejuicios subyacentes en los que nombraré, de que los mismos que proclaman la mácula que supone el calificativo gay adosado a la palabra matrimonio no se rebelen ante el hecho de cobrar sus salarios en euros y no en sal, como el mismo principio que esgrimen para mantener incólume tan sagrada palabra dictaría en el segundo caso.


El matrimonio, efectivamente, fue la unión de un hombre y una mujer, sin menoscabo de que la realidad social imponga que su significado se adecue a la percepción que el presente imprime en nuestro léxico. Ahora, pues, del mismo modo que los euros sustituyen a la sal como pago por el trabajo en lo que sigue llamándose salario, el matrimonio no tiene por qué aferrarse al anacrónico nudo de la disparidad de género.

La sociedad, a nuestro pesar o con nuestra bendición, cambia con el paso del tiempo. Si no lo hiciera, padecería una grave carencia de vitalidad. Sin entrar en juicios de valor, la bondad o perjuicio de tamaña evidencia no es discutible sino impepinable. Abrazarla o rebelarse inútilmente al inexorable avance de la sociedad humana ya no es tanto cuestión de razón como de subjetivo juicio.

Se grita, también, el daño que el matrimonio entre personas del mismo género puede causar a la familia. Ante semejante argumento, uno se pregunta con qué robustez se pertrecha una institución a la que un simple calificativo derrumbaría. Si la familia es tan débil, y no creo que lo sea, mucho tiempo habría pasado antes de que llegara el momento en que una palabra tan llena de cariño y derechos para las personas le pusiera fin a semejante tesoro. Al contrario, se me antoja que el matrimonio, al acoger en su seno a las parejas del mismo sexo, no se debilita sino que se refuerza.

Más allá de la opinión que uno pueda tener sobre los efectos y todo lo que conlleva el matrimonio en las relaciones interpersonales que se vienen imponiendo en la actualidad, que cabe más en el contexto de las impresiones personales, no sería partidario de suprimir dicha institución para quien quiera abrazarla, más aún considerando la complejidad que a niveles tanto jurídicos como culturales presenta.

Sea como fuere, argumentar la estaticidad de términos que se avalanzan hacia la anacrocidad, condena con mayor celeridad a la extinción del discutido estamento más que permitir abrirlo a concepciones más amplias y adecuadas al presente.

Cualquier argumento artificial sustentado sobre principios tan cuestionables como la compatibilidad entre peras y manzanas no se me antoja más que un terrible y odioso artificio que a modo de falacia argumental como sesgo de correspondencia o efecto de sobreatribución incompatible con la realidad presente se agarra a valores de cuya extinción depende que el mundo sea más agradable con la mayoría de aquellos que en él vivimos.

Existen asuntos mucho más graves y acuciantes sobre los que volcar tanta energía.