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Es navidad cuando...
Editorial - 25 de diciembre de 2010
Escrito por Jordi Mata i Viadiu
 

Las programaciones televisivas se infantilizan (aún más) y la pantalla se puebla con Harry Potter, Frodo y la tribu Disney al completo. Hace años te cascaban “Lo que el viento se llevó” o “La guerra de las galaxias”. No se si hemos salido ganando.

Los anuncios de perfumes y colonias lo invaden todo, dando la impresión de que el personal huele a chotuno el resto del año y sin rebajar en nada su estúpido surrealismo barato (por cierto, si alguien sabe que coño significa el de Loewe, con esa especie de cuñado de Drácula a la izquierda de la pantalla, me lo explique, porfa).

Sale Juancar por todos los canales en el único día del año en que debe trabajar para soltarnos aquello de “En estas fechas tan entrañables”, con ese puntillo de gangosidad que hace las delicias de republicanos e imitadores.

Con la excusa de alegrar el ambiente (el concepto de alegría de algunos debe ser muy pedestre, por no decir gilipollas), las ciudades se iluminan con miles y miles de bombillas que nadie ha pedido que se instalen y cuyo consumo luego tendremos que pagar los ciudadanos de a pie mediante los preceptivos impuestos municipales.

La fraternidad se palpa en detalles como el que representa que aquellos que durante todo el año te han llamado imbécil ahora te dicen “¡Felices fiestas, imbécil!”.

Aumenta el consumo de alcohol en estos días, dado que cuando uno se da cuenta de que tendrá que convivir horas y horas con la familia entiende que lo mejor es estar borracho.

Gente de la que lo desconoces todo, empezando por su nombre, te suelta lo de las felices fiestas en tu puesto de trabajo al despedirse, una vez ha finalizado la gestión o transacción que haya venido a hacer, y tu te ves en la obligación de robotizarte o aborregarte y responder con la misma sandez para no parecer un marciano o un borde.

Hay una desenfrenada epidemia por devorar, zampar, tragar, engullir, masticar, roer, sorber y comer en general, como si el planeta estuviera a punto de estallar y, por lo menos, puestos a irse al carajo, el desastre tuviera que pillarnos con las tripas bien repletas.

Miras la nómina y descubres que, gracias a la crisis provocada por aquellos que jamás sabrán qué es una crisis, has cobrado un 30% menos que en años anteriores y que la cuesta de enero ha empezado en diciembre.

Parece que durante quince días todo el mundo es bueno, incluidos entrenadores portugueses, hasta el extremo de poder llegar a acostarnos con nuestro peor enemigo. Luego, ya tendremos el resto del año para cagarnos en los muertos de fulano y urdir putadas en su contra, con la tranquilidad de espíritu que da saber que el/la interfecto/a planeará las mismas actividades en contra nuestra.