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20 N
Editorial - 19 de noviembre de 2011
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Tardaban en despertarnos y eran más de las ocho. Algo había pasado. Creo que sólo yo estuve pendiente –como pude- de los acontecimientos anteriores. Sin contacto con el exterior, periódicos o noticias frescas. Allí todo era viejo, casi como nosotras, a pesar de que ninguna alcanzaba siquiera a cumplir los dieciocho. 1975. Convento-reformatorio franquista. Madrid.

-Franco ha muerto. Hoy no habrá talleres de trabajo. España está de luto.

Y se hizo el silencio. Sólo yo suspiré, sacando aire hacia fuera, aunque estuviera dentro. Suspiré nada más. Todavía lo juro. Suspiré.

-¿Tú te alegras de esto, verdad, hija de puta?

-Yo no me alegro de la muerte de nadie.

-Roja de mierda. Catalana tenías que ser.

-Lo que tú digas.

Horas más tarde se puso la televisión. Aquel hombrecillo gris lloriqueaba, y le miraba yo sin inmutarme.

-Tú te alegras. Se te nota.

-Yo no he abierto la boca.

¡Viva España! -gritaron-. Pero yo no.  Y al día siguiente, pretendían que fuésemos a despedir al muerto. Nos sacaban a la calle, madre. Y por salir habríamos besado a un sapo. Sólo para respirar aire del de verdad, contemplar los tres colores del semáforo, recoger unas cuantas hojas de los árboles y mirar escaparates. Eramos quienes éramos, y se notaba mucho.

-Yo no voy a ir, madre.

-Te comprendo.

-¿De verdad?

-Sí. A mi padre le mataron los nacionales ¿sabes? ...soy monja, pero no tonta.

-Todas me están insultando.

-Déjalas. No entienden nada.

La madre colocó sus brazos sobre mis hombros. Sonreía.

-Te acompaño en el sentimiento, Consuelo.

-Y yo a usted, hermana.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.