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Banda armada
Editorial - 24 de octubre de 2011
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Para mí no es acontecimiento, puesto que no les creo. Su palabra endiosada en un comunicado cavernícola, tres sujetos ocultos bajo capuchas dignas de sus santas semanas o ku kux clan.

Celebramos un supuesto final mientras el mundo aplaude la muerte de Gadafi: No mataremos más, oh muerte, dónde está tu victoria... No me hablen de experiencia ni compasión por sus presos, se encuentran en su justo lugar: Fuera de la sociedad, privados de libertad, como les corresponde.

 

La pena de sus víctimas –más de 800- ha sido de muerte. Hombres, mujeres, niños. Su eterna prepotencia de nuevo se presenta echando un pulso al gobierno, el mismo que asesinó a Miguel Angel Blanco, sin ir más lejos. Las manos manchadas de sangre de esta banda armada llevan su marca para los restos, y no sé perdonar, porque sabían lo que hacían. Lo hacían a conciencia, con gran infraestructura –ahora perdida- premeditación, alevosía, de noche o a plena luz. No puedo olvidar nada. Ni una palabra de arrepentimiento, la misma actitud triunfante que ahora –dicen- nos hace el gran favor de no matar. Asesinos en cualquier caso, en nombre de la causa que decidan. Asesinos.