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Villa Sacramento, Las desterradas de las adoratrices de San Sebastián
Cultura - 07 de diciembre de 2015
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Hace ya treinta y cinco años que el profesor Miguel Machimbarrena dejó de ejercer la enseñanza. Casi cuatro décadas que de pronto regresaron tras visionar el magnífico documental de TV3 "Los internados del miedo", dirigido por Montse Armengou y Ricard Belis. Ese documental -afirma el otrora profesor- "me ha hecho revivir una parte de aquella época, al encontrarme con historias que no me resultaban ajenas".

La casualidad -o causalidad- hizo que a través de mi amiga Chus Gil, yo leyera un comentario al respecto: Monjas adoratrices de San Sebastián. Contacté de inmediato con Miguel Machimbarrena, que se mostró más que dispuesto a colaborar, sin dudarlo ni un segundo:

"Impartí clases durante cinco cursos lectivos en el Colegio María Inmaculada de Formación Profesional de San Sebastián, desde 1976 hasta 1980. En aquella época dicho centro tenía adjudicadas dos ramas: Auxiliar Administrativo y Auxiliar Sanitario y, como era normal en aquellos años en una institución religiosa de enseñanza, su alumnado era exclusivamente femenino.

Profesor de Contabilidad, Cálculo Mercantil, Prácticas de Oficina y Técnicas de Comunicación en la rama administrativa y de Formación Humanística y Ciencias Naturales en ambas, pasaron por mis clases, a lo largo de esas cinco promociones, unas cuantas alumnas, calculo que entre treinta y cuarenta, acogidas en las Adoratrices cuyo centro en San Sebastián era conocido como Villa Sacramento.

Lo primero que me llamó la atención, antes de empezar a enterarme de sus circunstancias, fue que llegaban y marchaban en grupo. Algo que interpreté como lógico en cierta manera ya que a pesar de la corta distancia existente, apenas unos 500 o 600 metros, entre el colegio y su residencia consideré que era lo normal al principio puesto que se conocían entre si y todavía no existía relación con sus nuevas compañeras. Pronto comprendí que no era esta la razón y que aquella costumbre entraba dentro de unas normas establecidas, y de obligado cumplimiento, dictadas por la dirección del internado con objeto de que, precisamente, se relacionasen los menos posible con sus condiscípulas y de controlarles al máximo el tiempo que pasaban fuera.

Poco a poco fui conociendo detalles del día a día de estas chicas que me pusieron los pelos de punta. Y es que, paradójicamente además, se trataba de un grupo de privilegiadas a las que se permitía abandonar durante unas horas su reclusión para poder realizar sus estudios, algo que no estaba al alcance de todas las que convivían con ellas. A medida de que iba ganando su confianza comenzaron a explayarse y a contar historias que me hicieron comprender que vivían en un régimen semicarcelario donde la represión, las vejaciones, los castigos físicos y psíquicos formaban parte del pan suyo de cada día.

Y lo puñetero del caso es que todas esas tropelías iban dirigidas contra unas adolescentes que no habían cometido delito alguno en la inmensa mayoría de los casos y si se encontraban en esa situación era, principalmente, por no haber observado unas normas convivenciales o unas conductas sociales consideradas adecuadas a las costumbres de la época. Es decir: alguien las había calificado como díscolas, rebeldes, o lo que hoy podíamos llamar políticamente incorrectas, siendo ese el único motivo por el que estaban recluidas.

Fue sangrante ver como chicas de 15 o 16 años eran condenadas a vivir un auténtico infierno por haber puesto de manifiesto su condición de lesbianas (en muchos casos solo presuntamente) o por haber sido pilladas más o menos in fraganti manteniendo relaciones sexuales, que muchas veces eran tan solo escarceos sin llegar a consumar nada, con sus novios o ligues, o por resultar excesivamente respondonas y contestarias a unos padres rígidos e intransigentes incapaces de mantener un diálogo civilizado con ellas.

Pero tan terrible como aquello fue la sensación de impotencia, la tristeza, la frustración de no poder hacer nada por ayudarlas, porque en aquellos tenebrosos momentos en que nos tocó vivir nada se podía hacer ante el llamado, tiene huevos la cosa, Patronato de Protección a la Mujer o los Tribunales Tutelares de Menores que, en última instancia, eran quienes habían decidido el destino de aquellas niñas. Unicamente cabía escucharlas, darles apoyo moral, ser en ocasiones su paño de lágrimas y volcarse en enseñarles y, en algunos casos, juzgarles con más manga ancha que a las demás para que no perdiesen esos supuestos privilegios y pudiesen continuar adelante con sus estudios y tener una formación que les sirviese de base para encarar la vida una vez que se viesen libres de aquel calvario. Parco consuelo, sobre todo al principio, cuando muchas de ellas tenían - afortunadamente pronto cambió la ley- como mínimo cinco años por delante para poder ejercer como ciudadanas con todos los derechos.

Por eso, cuando vi el documental, algo se removió dentro de mi y quise con mi comentario corroborar lo que en él se contaba. De alguna manera dar fe de que todas esas atrocidades, lamentablemente, ocurrieron es algo que debemos a tod@s aquell@s a los que nada ni nadie les va a devolver esos años que les fueron robados; unos años, los de la adolescencia y la juventud, que la mayoría recordamos como felices y luminosos y que ell@s están condenad@s a recordar como una auténtica y horripilante pesadilla".

Hoy, rigurosamente hoy, nosotras, Las desterradas hijas de Eva, agradeceremos siempre al profesor Miguel Machimbarrena su inmensa valentía y generosidad. Gracias, Miguel. Mi trabajo no ha sido inútil. Gracias por dar un paso hacia delante: ¡Oh Capitán, mi capitán!