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Centros de menores
Actualidad - 21 de mayo de 2017
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Se levanta la liebre (nunca es tarde) cuando desde hace demasiado tiempo, los centros de menores funcionan como auténticos Guantánamos.

 

Muy pocos se salvan. Celdas de aislamiento, medicación forzosa, palizas, castigos desmesurados y humillaciones. Los centros, gestionados por congregaciones religiosas otrora auspiciadas por el antiguo Patronato de Protección a la Mujer, han perpetuado un sistema que cambió las formas, aunque jamás el fondo.

Disfrazados de ONG, Fundaciones, Asociaciones y demás, aseguran "asistir" a los menores en riesgo de exclusión. Los medios, que han profundizado poco, creyendo las primeras voces: "no son más que infamias y rumores, está todo bien", se conformaron sin más.

Ahora, Mónica Oltra tira de una manta podrida que habla de duchas frías, comida caducada y malos tratos varios. Nada nuevo, aunque -insisto- nunca es tarde. Educadores sociales, guardias de seguridad al más puro estilo Rambo matón de discoteca, trabajadores confusos que se reproducen como moscas: Algunos no aguantaron más de una semana ante semejantes escenarios Dickensianos.

Menores drogados, atontados para que "no molesten", atados boca abajo de pies, manos y cadera a un somier sin colchón. Menores "en riesgo de exclusión" claramente excluidos por el sistema, que -en manos de los servicios sociales- se encargará de problematizar expedientes desde el momento en que las familias acudan pidiendo ayuda, y el destino final de los menores siempre será el centro. Poco tiempo después, el propio menor aprenderá a defenderse, y en su pequeña rebelión, hará lo que pueda e incluso lo que no deba: Ya los tienen. Lo han conseguido. Niños de seis años con un bono semanal de metro van solos al colegio. Nadie les acompaña. Si acuden tarde al mediodía, se quedan sin comer. No se respetan sus objetos personales, el centro se encarga de desnudar y revestir toda prenda propia que viene de casa, para colgarles camisetas viejas, pantalones gastados y zapatillas de otros. Se trata de desenraizar, de romper vínculos familiares para imponer el institucional. No importa lo que quieran. No importa lo que no quieran.

En los días de ocio, los propios educadores se los llevan a su casa, sin control alguno ni notificación al respecto. No hace mucho me contaban de una educadora que vive de okupa y se llevó niños del centro a pasar el fin de semana con ella. Y hace menos, contemplé con mis propios ojos cómo una trabajadora social presumía en facebook de una juerga monumental en la que aparecía con gesto más que perjudicado abrazada a una botella de vodka. Pero no pasa nada.

Por otro lado, ONG creadas para pasear menores por parques de atracciones o destinar juguetes en Navidad "sin ánimo de lucro", funcionan a golpe de donaciones : Grandes marcas que sueltan ingentes cantidades para que la ONG se quede el 40%. Dicen que así mantienen sus puestos de trabajo.

Mientras, las madres, lloran. Luchan por liberar a sus hijos de los centros. Y otros, niegan una realidad evidente, tal vez porque la verdad ofende, o porque les pilla muy lejos y es mucho más fácil mirar hacia otro lado.

A mí no me pueden contar más cuentos : "Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan solo lo que he visto" (León Felipe).